La utopía de vivir sin corrupción

Cristóbal Bellolio

Escuela de Gobierno

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Hace quinientos años –exactamente en diciembre de 1516- el abogado inglés Tomás Moro publicó “Utopía”, una obra que describe el funcionamiento de una sociedad perfecta donde sus habitantes viven en armonía respetando las leyes. En griego, Utopía significa “no-lugar”. Es decir, Moro estaba perfectamente consciente que un lugar semejante no existía en la Tierra. De hecho, su idea era contrastar este paraíso social y político imaginario con las prácticas corruptas de la sociedad inglesa de su época, donde cortesanos, clérigos y comerciantes conspiraban, engañaban y delinquían por igual. Algo parecido a lo que ocurre en el Chile contemporáneo. Los últimos años han sido un balde de agua fría: muchos pensábamos que vivíamos en una especie de isla –como Utopía- aislada de la corrupción. La verdad parece ser distinta.

Sin embargo, no todo es tan malo. Es difícil imaginarse a los familiares de Enrique VIII desfilando por los tribunales del reino, sometiéndose a la justicia como cualquier otro vasallo. Ayer, la nuera de la presidenta de la república en ejercicio y el sobrino de un ex presidente comparecieron ante un juez civil que aplicó sobre ellos una serie de medidas cautelares en el marco de la investigación del caso Caval. El año pasado ocurrió algo similar con dos de los empresarios más poderosos del país. Esto no quiere decir que la justicia en Chile sea verdaderamente ciega y no dependa, hasta cierto punto, de la influencia y el dinero. Pero se me ocurren varios países latinoamericanos donde es inimaginable que los parientes del gobernante paguen por sus abusos.

El caso Caval ha puesto de manifiesto que ninguna red de protección política es suficiente. Gracias al trabajo del Ministerio Público nos hemos enterado que Caval era un negocio irregular donde no sólo participaba Natalia Compagnon e indirectamente Sebastián Dávalos, sino además una serie de personajes de filiación política opositora. La corrupción no es patrimonio de la izquierda ni de la derecha. Quizás de la misma forma se explican los pagos del yerno de Pinochet –a nombre de SQM- a políticos de la Nueva Mayoría. El patrón común en estos casos es que la plata fue siempre más importante que la política.

Probablemente Humberto Maturana tenga razón y la corrupción no sea culpa de la ideología ni el modelo, sino de “una expresión cultural muy antigua de obtener ventajas a cualquier precio… surge de la ambición, avaricia y el afán de poder, emociones todas que llevan a la deshonestidad”. Probablemente, entonces, siempre hemos convivido con estas prácticas. No somos más corruptos que antes, pero ahora estamos teniendo la capacidad de enfrentar la mugre que antes se escondía bajo la alfombra. La narrativa mitológica de políticos y empresarios probos se desmoronó. No vivimos en Utopía. Pero al menos nuestros cortesanos no pueden invocar sus lazos con el rey (o la reina, para estos efectos) para zafar del castigo.

 

Cristóbal Bellolio
Escuela de Gobierno
Publicado el Sábado, 30 Enero 2016