La política está en todas partes

Juan Luis Ossa

Se ha instalado en el debate la idea de que la política chilena se encontraría en una crisis profunda. Crisis de confianza, crisis de los partidos, crisis de identidad. Hasta cierto punto, esta impresión es correcta: qué duda cabe de que el país vive cambios estructurales en la forma en que, desde los años noventa, se ha disputado y repartido el poder, con la consecuente pérdida de influencia de los grupos tradicionales. Esto explica el surgimiento y auge de los "movimientos ciudadanos", una de cuyas principales características es que se resisten a caer en los moldes de la "política profesional".

Que ello sea así no quiere decir, sin embargo, que la política haya desaparecido o que nos encontremos en un contexto apolítico. Más bien, los movimientos representan mecanismos poco comunes de administrar la cosa pública, pero que, no obstante, caben igualmente en la categoría de lo político. Por político entiendo la disputa —en buena lid— por alcanzar y administrar el poder, una definición algo corta pero que permite comprender tanto a la política tradicional como a los que se ufanan de ser independientes y representantes de la ciudadanía en su conjunto.

En efecto, por mucho que el discurso y fines últimos de los movimientos estén anclados en una visión negativa de la política, detrás de estos nuevos actores —que van desde las juntas de vecinos hasta las ONG, pasando por centros de estudios y una larga fila de líderes de opinión— se encuentra una no muy secreta aspiración a intervenir en la toma de decisiones. Los movimientos, en otras palabras, buscan —como los partidos o los poderes fácticos— defender intereses particulares.

Incluso más, los movimientos son en general estructuras políticas encabezadas por individuos bastante reconocibles que, para bien o para mal, han sido partícipes del juego postransicional. Salvo contadas excepciones, no se han visto nuevas caras en la escena chilena; incluso Alejandro Guillier, un supuesto político independiente, es secundado por partidos clásicos como el Radical.

Sin su apoyo, de hecho, es probable que no llegue a disputar las primarias de la Nueva Mayoría ni menos a ocupar el sillón presidencial.

Nada de malo en ello; sin embargo, a la hora de votar conviene tener en mente que los candidatos tienen biografías que suelen hablar por sí solas a la hora de relacionarlos con el establishment. Si no lo hacemos, podríamos caer bajo el influjo de la palabra fácil y rimbombante, tragándonos el cuento de que ser ciudadano e independiente son garantías de una forma más transparente y menos mancillada de conducir los asuntos públicos. La política es como la vida misma: no hay que esperar relatos monocromáticos y prístinos de aquellos que la estudian o la practican.

Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Publicado el Miércoles, 21 Diciembre 2016 en La Segunda