La política de los acuerdos

Cristóbal Bellolio

 

Don Patricio Alywin estuvo a un tris de cumplir un siglo de vida. Un año antes que naciera, Lenin encabezó la Revolución Bolchevique. La Primera Guerra Mundial estaba llegando a su fin. El León de Tarapacá todavía no gobernaba y nuestro país se regía por la parchadísima Constitución de 1833. Para hacerse una idea. Hoy, hay pocos partidos menos sexys que la Democracia Cristiana. Sin embargo, cuando Aylwin concurrió a su fundación en los cincuenta, se trataba de una alternativa interesantísima que le ofrecía aire fresco a Chile.

Fue testigo privilegiado del ascenso de Frei Montalva – probablemente se trate de los dos militantes más importantes de la historia de la Falange- y luego del descalabro trágico de la democracia chilena a manos de los militares. Aunque la historia dirá que don Patricio le prestó ropa a los golpistas, no hay que exagerar la nota: al rato percibió su error y se transformó en decidido opositor al régimen de Pinochet. Entonces, llegó el momento más importante de su vida. Mientras en Berlín se caía a pedazos el muro, Aylwin encarnaba en Chile la ilusión de millones de ciudadanos – incluidos sus viejos adversarios socialistas- para dar vuelta la página de la dictadura y comenzar un lento proceso de regeneración democrática. Sólo gobernó cuatro años – a diferencia de sus sucesores no se engolosinó con el poder-, pero cuatro años determinantes. Si a Aylwin le iba mal, la transición se iba al carajo. Los militares de entonces estaban disponibles para seguir a su comandante en jefe en cualquier locura. He ahí la sabiduría política de su mandato: navegar en aguas siempre turbulentas, dirigiendo una coalición inéditamente diversa y lidiando con el trauma histórico de una generación que lo perdió todo por apostar todo o nada.

Resulta sencillo crucificar la política de los acuerdos desde la seguridad contemporánea. Chilenas y chilenos nacidos en los noventas no tienen miedo de discrepar públicamente. Twitter es un campo de batalla verbal, pero nadie sale realmente herido. El famoso dedo de Lagos se celebra como un hito de valentía porque en su momento – aunque nos cueste creerlo con los criterios actuales donde la irreverencia es casi aburrida- lo fue. Cuando Aylwin se fue de La Moneda, ni siquiera teníamos internet. Cuanta la leyenda que tampoco pisó un mall. Su Chile fue otro Chile.

Todos tenemos derecho a juzgar la trayectoria de nuestros líderes. Pero para hacerlo bien, se requiere algo de contexto.

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Publicado el Miércoles, 20 Abril 2016