La persistencia de la memoria

Cristóbal Bellolio
Escuela de Gobierno
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Un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro, dice la sabiduría popular. Por eso traemos la historia de vuelta. Para recordarla a través de comparaciones y analogías. Como la que hizo la generación 73-céntrica en el amargo e incómodo episodio de los camiones. Dirigentes de todos los colores trajeron sus fantasmas, rememorando ese paro de los camiones que acosó al presidente Allende en octubre del 72. Uno de ellos –según se reporta desde La Moneda- fue el subsecretario Aleuy, que no habría tolerado la imagen (sediciosa en su memoria) de las máquinas estacionadas en la Alameda. Por ningún motivo: malos recuerdos.

Por supuesto, la memoria es importante. Pero hay algunas que persisten alterando la perspectiva. Quizás ahí empezó el cortocircuito que afectó al equipo político esta semana. No hay analista que diga que salieron jugando. El asunto pudo resolverse mejor. Pero de alguna manera el problema nunca pudo concentrarse cien por ciento en lo relevante: las condiciones objetivas para el orden público para el ejercicio indisputable del derecho a reunión y protesta. Este siempre fue un problema de circulación de tránsito, con buenos argumentos de lado y lado para autorizar o restringir. Al Estado no le corresponde calificar los motivos sustantivos de la demanda en cuestión.

Por lo mismo tampoco tenía mucho sentido argumentar que la autorización debía concederse en función de la causa específica de los camioneros –básicamente un mensaje de mano dura en la Araucanía. Es perfectamente posible defender su derecho a libre expresión y circulación sin compartir la interpretación que ese gremio particular tiene del conflicto chileno-mapuche. Lo que algunos llaman Paz en la Araucanía, para otros es la pacificación del Wallpamu. Otra vez, un pésimo recuerdo. Ahí está, nuevamente, la persistencia de la memoria.

Burgos, en cambio, habría sido menos sentimental. Esperó, evaluó, jugó con lo que fue pasando. No vamos a decir que la estrategia de contención fue un éxito. El ministro de Interior salió evidentemente machucado. La rabieta de Aleuy sería la prueba del incordio. El jefe desautorizó al subordinado, pero este subordinado tiene jineta. Burgos, lo dijo, asumía toda la responsabilidad. Como sea, calificar a este último de traidor, desleal o derechista por tomar decisiones más o menos atolondradas es perder –otra vez- la perspectiva. Burgos no quiso herir la legítima memoria de nadie. Ni darle un contenido celebratorio a una demostración ¿ciudadana? que podría haber sido una anécdota pero terminó siendo un severo dolor de cabeza.
Cristóbal Bellolio
Escuela de Gobierno
Publicado el Lunes, 31 Agosto 2015