La obsesión chilena por los “movimientos políticos”

Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Capital

El domingo 7 de julio –exactamente una semana después de las primarias presidenciales–, Andrés Velasco señaló a El Mercurio: “Pasado noviembre, crearemos un movimiento político que represente a las tres preocupaciones de nuestro electorado: reforma política, diversidad y cambio económico social con estabilidad”. Las palabras de Velasco tocan dos puntos clave: la mentada “crisis de la política” y las soluciones coyunturales para dar cabida a nuevos actores en la toma de decisiones.
 
A primera vista, esto de crear movimientos políticos suena democrático, refrescante y antimonopolista. Se sostiene que la “ciudadanía” es la llamada a romper el duopolio Alianza/Concertación y que, en este escenario, sólo los movimientos pueden erigirse en sus portavoces. Esta idea contiene algo de verdad, pero también mucho de voluntarismo. ¿Qué asegura que un movimiento vaya a renovar la política? ¿Por qué habríamos de confiar en los cabecillas de los movimientos, si cuando llegan a la primera plana éstos lo hacen, en general, para quedarse y ser parte del establishment que tanto critican?
 
La historia de los “movimientos políticos” en Chile es de larga data. Para no cansar al lector utilizaré la década de 1930 como un punto de inflexión; tanto porque en dichos años se vivió uno de los períodos más polarizados de nuestra historia, como porque un ejemplo en particular (aunque radical), el del Movimiento Nacional Socialista (MNS), da cuenta de cómo pueden terminar funcionando los movimientos políticos cuando no son bien encauzados. El MNS nació en abril de 1932 y su líder, Jorge González von Marées, se inspiró en el nazismo para dar cauce a su propuesta. Igualmente anti-partidista que el nazismo, el MNS acomodó, sin embargo, sus principios a la realidad chilena. Von Marées dirigió su crítica hacia los partidos Liberal y Conservador, para lo cual insistió ante la opinión pública que el suyo no era un partido político tradicional, sino un “movimiento” cuyo objetivo era alzarse como una opción ante la “vieja política”.
 
Entre 1932 y 1937, la apuesta del MNS fue relativamente exitosa. Sin embargo, en 1938 el “Jefe”, como llamaban sus seguidores a Von Marées, se vio envuelto en uno de los episodios más dramáticos de la historia de Chile: la Matanza del Seguro Obrero. Más que referirme a las causas y consecuencias inmediatas de este evento, quisiera destacar el discurso marcadamente mesiánico y personalista detrás de las órdenes dictadas por Von Marées a sus jóvenes seguidores, en cuanto a que no bajaran las armas y continuaran resistiendo en el edificio de Morandé 107 ante la violencia de la policía y La Moneda. Aquel discurso estaba construido, en efecto, sobre la creencia de que son los individuos supuestamente sobresalientes y no las comunidades institucionalizadas las que deben reformar el sistema político, y por ello no es antojadizo tenerlo en mente cuando se analiza a los movimientos en la actualidad.
 
Los principales movimientos políticos contemporáneos –Revolución Democrática, Red Liberal y Evópolis (aún no conocemos el nombre del que liderará Velasco)– comparten tres características con el MNS: en primer lugar, nacen del convencimiento de que nos encontramos frente a un “ciclo que concluye” (agrego la comillas, pues es difícil saber exactamente por qué estaríamos ante un ciclo que termina y, más complicado todavía, conocer cuándo comenzó dicho ciclo) y que, por tanto, se requieren nuevas caras para refundar el sistema político. En segundo lugar, consideran –al menos en público– a los partidos políticos como sacos de vegetales que deben ser derribados sin pérdida de tiempo. Finalmente, congregan a un número significativo de “jóvenes” que, en general, siguen al fundador de turno ante todo y porque sí. Por supuesto, esto no quiere decir que los líderes de los movimientos políticos vayan a correr la suerte de Von Marées ni tampoco que sus manifiestos fundacionales sean explícitamente personalistas. Sin embargo, las tres características denotan un comportamiento común y que subyace –a diferencia de los partidos tradicionales– a todo programa político, asentado no tanto en principios ideológicos sólidos como en estructuras suprapartidistas con nombre de pila y apellido (Red Liberal podría ser la excepción que confirma la regla, pues al menos en su página web se establece que en el futuro buscan organizarse como “partido”).
 
Compartir características con el MNS no es per sé algo negativo. De hecho, dos de los partidos políticos chilenos más poderosos e influyentes de la historia del siglo XX –la DC y la UDI– surgieron de movimientos políticos (la Falange y el Gremialismo, respectivamente). No obstante, al no contar los movimientos con una plataforma consolidada y un financiamiento relativamente conocido, cabe la duda de cuán representativos y legítimos son en la práctica. Por lo demás, si los movimientos no son partidos, ¿por qué últimamente nos topamos con noticias sobre alianzas estratégicas entre Evópolis y RN y entre Revolución Democrática y algunos elementos concertacionistas? La respuesta es obvia: los movimientos políticos son un eufemismo para camuflar lo mismo a lo que aspiran alcanzar los partidos políticos: el poder. La diferencia entre ambos es que, aun cuando los partidos se prestan para concretar asociaciones coyunturales, los miembros de los movimientos esconden más una frustración por no haber sido aceptados por el sistema actual, que una lucha refundacional coherente. Si esto es cierto, entonces la solución no está en crear más movimientos anclados en la popularidad efímera de un líder en particular. Por el contrario, el objetivo debería estar en la revitalización de la política desde y para los partidos políticos. Sólo así estaremos a salvo de la arremetida de nuevos “Jefes” deslumbrados por el mesianismo de los discursos cortoplacistas.
Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Publicado el Viernes, 23 Agosto 2013