La izquierda copito de nieve

Cristóbal Bellolio

José Antonio Kast no es santo de mi devoción. Los lectores de este semanario lo saben. He dedicado dos recientes columnas a analizarlo como un entomólogo. Mis conclusiones no han sido benevolentes: no es un estadista sino un provocador. Su estilo, además, es sucio. Pero es justamente porque no me gusta lo que dice que defiendo su derecho a decirlo. De eso se trata la libertad de expresión en las democracias liberales: de tolerar aquello que nos resulta nauseabundo.

Cierta izquierda, en cambio, piensa diferente. Un nutrido grupo de estudiantes de la Universidad de Concepción se movilizó para censurar una charla que José Antonio Kast daría en dicha casa de estudios. La Universidad entregó razones administrativas, aunque nadie se las tomó en serio: eso de que sus aulas no pueden servir para el proselitismo es ridículo, especialmente tomando en cuenta la larga y rica trayectoria del establecimiento penquista en promover el debate político. Más honestas son las razones que esgrimieron los estudiantes: vetaron a Kast porque les parece xenófobo, machista, apologista de la dictadura y promotor de discursos de odio. Uno de estos inquisidores concluyó orgulloso: “El fascismo quiere conquistar la UdeC. La UdeC será la tumba del fascismo”.

Esto de silenciar conferencistas se ha vuelto común en algunas universidades del mundo. Cada vez que un grupo se siente potencialmente ofendido por las visiones de un invitado, moviliza sus recursos para impedir su intervención. Su objetivo es que las universidades sean “espacios seguros”, es decir, espacios donde no tengan que confrontar ideas amenazantes para sus particulares sensibilidades e identidades. Aunque es evidente que las universidades no pueden ser “espacios seguros” –pues contradeciría su misión: generar debate y pensamiento crítico-, el fenómeno ha sido asociado a las características de la llamada generación snowflake (copo de nieve): aquella que tiene la epidermis tan sensible que casi toda perspectiva contraria les resulta perturbadora y agraviante. Tal como le ocurrió a los emocionalmente vulnerables jóvenes de la Universidad de Concepción. Ellos son nuestra izquierda copito de nieve.

Algunas voces que se han levantado para defender el veto a Kast han invocado la paradoja de la tolerancia de Popper. El viejo filósofo liberal sostenía que las sociedades abiertas no tenían la obligación de tolerar a los intolerantes, pues si los intolerantes llegan al poder se acaba la tolerancia. Sin embargo, esta discusión es más compleja que lo que muestra un meme de Pictoline. En primer lugar, los intolerantes que Popper tenía en mente eran los movimientos totalitarios de su tiempo: nazismo, fascismo, comunismo. Todos aspiraban a destruir la democracia liberal una vez instalados en el poder. Nadie en su sano juicio podría decir que José Antonio Kast tiene ese propósito. Podrá tener una percepción favorable del legado de Pinochet, pero eso no lo convierte en un promotor de dictaduras. El personaje tiene una larga trayectoria como congresista y acaba de sacar limpiamente el 8% de los votos en la última presidencial. Tampoco es un fascista, en el sentido riguroso del término. Si bien es cierto que la izquierda gusta de llamarle “facho” a casi todo lo que se encuentra en la vereda opuesta, la banalización del término sólo le resta fuerza. Las ideas de Kast, en lo central, no se distinguen de las ideas de la UDI. La diferencia es que Kast las articula con mayor arrojo. ¿Vamos a vetar también a los líderes del gremialismo de concurrir a expresar sus puntos de vista a nuestras universidades?

En segundo lugar, aunque Kast fuese técnicamente un intolerante, Popper recomendaba dejar hablar a los intolerantes en la medida que sus ideas pudieran ser confrontadas en el debate público. Sólo perdían esta calidad, en el marco popperiano, cuando sus partidarios se negaban a discutir y sólo ofrecían los puños por respuesta. Tampoco es el caso de Kast. No niego que muchos de sus seguidores parezcan afiebrados en redes sociales, pero están lejos de constituirse en una fuerza violenta y organizada a partir de la incitación de su líder.

Otros, finalmente, han sacado a colación a Hitler. Si no se le hubiese permitido hablar, apuntan, el mundo se habría ahorrado su reino de terror. Pero eso no es correcto: Hitler sí fue originalmente censurado por la república de Weimar bajo el cargo de propagar –justamente- un “discurso de odio”. A continuación, sus partidarios lo dibujaron con una mordaza, preguntándose por qué todos tenían derecho a hablar menos él. Como era de esperarse, la victimización de Hitler aumentó su popularidad. No sería raro que estas lumbreras penquistas consigan lo mismo para José Antonio Kast.

La pregunta sobre los límites de la libertad de expresión sigue abierta. Lo que parece razonable es limitar la expresión “discurso de odio” a casos excepcionalmente graves. La evidencia enseña que calificamos de discurso de odio al discurso que emite nuestro adversario ideológico más que al discurso cuyo contenido es objetivamente una incitación al odio contra un grupo específico. Es decir, “discurso de odio” significa usualmente “discurso que odio”. Un tuitero contó que asistió a una charla donde JAK dijo que una familia que no entrega hijos a la sociedad no es una verdadera familia. Cientos lo tomaron como prueba definitiva a favor de su censura. Craso error. Censurar a Kast por sostener dicha creencia es como censurar a la escritora chilena Lina Meruane por publicar un manifiesto contra los hijos. Aunque haya gente de lado y lado que odie esos discursos, ninguno constituye en rigor un discurso de odio. Una libertad de expresión robusta le da cabida a discursos que odiamos. De eso se trata, a fin de cuentas, la tolerancia. A Kast hay que bancárselo y ganarle en la cancha democrática. Lo otro es de llorones que gustan de ganar por W.O. Lo otro es de la izquierda copito de nieve.

Cristóbal Bellolio
Escuela de Gobierno
Publicado el Jueves, 22 Marzo 2018 en The Clinic