La diplomacia de los matutinos

Andrés Estefane

Escuela de Gobierno

El Mostrador

Chile es un país cuya fisonomía territorial está atada a los réditos de la violencia, expresada en guerras internacionales, invasiones internas, colonizaciones burocrático-empresariales y despojos encubiertos. En eso no es único ni excepcional. Sin embargo, dentro de la batería de casos hay un grupo selecto de comunidades que niega ese pasado de forma obstinada y en esa negación se incuban patologías de no menor calibre. Aunque toda ficción nacional necesariamente comprende omisiones y silencios relativos a la forja del mapa, la ficción chilena abusó del recurso y terminó instalando una narrativa que preocupa no tanto por su carácter impreciso o parcial, sino porque distorsiona el juicio de sus ciudadanos. Precisamente por ello no hay conciencia sobre las fases de expansión de las fronteras chilenas ni del papel de la violencia –estatal y privada– en ese proceso. Prima una visión según la cual el mapa de hoy ha sido el mapa de siempre y ese actualismo radical desactiva un pasado que por ignominioso resulta incómodo. Ello, a la larga, impide a los chilenos lidiar con esa trayectoria en los términos propios de una nación que aspira a estándares mínimos de desarrollo. Los condena a la imitación de la violencia originaria.

Hacia 1840 este país era una franja que apenas superaba los mil kilómetros. El territorio efectivamente controlado por la elite capitalina corría desde la inmediaciones de Copiapó al río Biobío, a lo que se sumaban Valdivia y Chiloé. Si bien las constituciones chilenas dibujaban un mapa más amplio, extendiendo la soberanía hasta el Cabo de Hornos, la conciencia territorial de los contemporáneos veía ahí un mero gesto simbólico sin correlato material. Fue en esa década que el mapa comenzó a cambiar. En 1843 se inicia la ocupación del Estrecho de Magallanes, acto que pocos años más tarde dará lugar a las primeras querellas limítrofes con la República Argentina. En ese mismo empuje se organizaron expediciones mineralógicas al Desierto de Atacama, que también traerán consigos reclamaciones de la cancillería boliviana. En la década de 1850 se inicia la colonización del Lago Llanquihue, dando inicio al largo y accidentado ciclo de inmigración y aclimatación de ciudadanos europeos en el país. En 1852 se crea la Provincia de Arauco, que marca la llegada la vanguardia burocrática del Estado chileno a una zona que a la fecha funcionaba bajo criterios de excepcionalidad administrativa reñidos con las aspiraciones de una nación homogénea. Con este gesto no solo ingresaron los funcionarios estatales al territorio, sino que se trató de intervenir en el explosivo mercado de la tierra. El fracaso de ambas estrategias y la consolidación de una ideologia anti-indigenista en la década de 1850, explican que a inicios de la década siguiente se haya dado curso a la ocupación militar del territorio mapuche. De ahí parte un conflicto abierto que consumirá vidas y recursos por al menos dos décadas, cuando se puso fin al último foco de resistencia mapuche en 1883.

También en 1883 se termina la Guerra del Pacífico, hito final de las expediciones iniciadas en la década de 1840 y que significó una de las transformaciones territoriales de más profundo impacto en la marcha del país. Tan abrupto fue el cambio que varios políticos comenzaron a hablar de un “Chile nuevo”, reconociendo en el conflicto un parteaguas radical. La década de 1880 fue precisamente eso, un momento de transformaciones estructurales. Si la ocupación de Arauco posibilitó la continuidad cartográfica y administrativa entre el Chile central y las colonizaciones en el sur, la Guerra del Pacífico corrió las fronteras más al norte de lo que cualquier patriotismo de primera hora hubiera podido imaginar. También en ese marco se formaliza el tratado con Argentina respecto a las posesiones australes. No es casual que en 1885 se promulgue una nueva Ley de Régimen Interior (la anterior era de 1844)­ y se impulse una redefinición masiva de los límites administrativos en cada provincia, todo como expresión de la necesidad de gobernar, bajo una lógica distinta, un país radicalmente distinto. El fin de la década traerá consigo un nuevo cambio, la anexión de Isla de Pascua en 1888, que vino a consumar las pretensiones de soberanía sobre el Océano Pacífico.

Los años siguientes estarán dedicados a la asimilación de la nueva estructura territorial y ello tendrá impacto en la conflictividad política del cambio siglo, tanto en la Guerra Civil de 1891 como en la intensificación de la represión obrera, que no hará sino aumentar conforme lo haga la politización. Bien sabemos cuánta sangre corrió en la pampa salitrera. Pero el mapa seguirá transformándose. El ritmo de los años 80 parece reactivarse hacia fines de la década de 1920, cuando se formaliza administrativamente la colonización burocrático-empresarial del territorio de Aysén, que constituía la última frontera autonomizada de la maquinaria administrativa nacional. Eso ocurrió en 1929, cuando Magallanes dejó de ser territorio de colonización para convertirse en provincia; también ese año Tacna vuelve a estar bajo soberanía peruana.

El año de 1940 ofrece, en varios sentidos, un elocuente cierre para esta historia. Es el momento en que se establece la Provincia de Osorno, en un importante ajuste al ordenamiento administrativo del país. Lo relevante de esa medida es que con Osorno las unidades territoriales llegan a 25; un siglo antes esas unidades eran 9, lo que no debe sorprender si se considera la expansión fronteriza, pero no se debe relativizar si se consideran las derivadas burocráticas y económicas de esa transformación. También en 1940 el país fijó los límites del Territorio Antártico, resolución que despertó la molestia internacional por su carácter ilegal y unilateral. Puntos más, puntos menos, recién en ese momento cobra forma el mapa actual de Chile.

Resulta innecesario explicar que de esta historia arrancan los conflictos que hoy tienen en vilo al Estado chileno. Las agendas de la Araucanía, Rapa Nui, Perú y Bolivia se amarran a las injusticias, atropellos y negaciones de esta historia territorial. Lo preocupante es que el desconocimiento de ese relato imposibilita que los ciudadanos chilenos entiendan con sensatez las demandas de quienes hoy se reconocen como herederos de esos despojos. En estos días en que se habla de un nuevo impulso a la educación cívica, bien valdría que en esos contenidos también haya lugar para una revisión territorial de la historia patria. El asunto se vuelve todavía más urgente si revisamos la errática conducta de la Cancillería chilena, cuyos papelones son a estas alturas parte del cotidiano. Prácticamente no hay flanco en que su postura haya fijado el tono. Esa grave omisión preocupa no porque haya un patrimonio que defender, sino porque la historia aconseja que la coyuntura se interprete aislando cualquier asomo de chauvinismo. Ante la virtual inexistencia de una política exterior, la diplomacia parece hoy definida por los titulares de Las Últimas Noticias y La Cuarta, que parecen ir en sintonía con los arrebatos de Heraldo Muñoz. Cuando fallan los que supuestamente saben, la vocería la toman los que saben menos y bajo esas condiciones el escenario se inclina hacia la peor de las salidas. En esos desenlaces, lo sabemos, los que pierden y los que ganan son siempre los mismos.

Andrés Estefane
Escuela de Gobierno
Publicado el Miércoles, 18 Noviembre 2015