La democracia plebiscitaria de Guillier

Gonzalo Bustamante

En una campaña que destaca por la mediocridad de propuestas e ideas, donde el esfuerzo por el voto fácil da paso a la cuña y eslóganes, donde se perdió el pudor más básico en caricaturizar al otro (Chilezuela, Piñerachet, y la guinda de la torta: Chilenduras) el candidato de la Nueva Mayoría, Alejandro Guillier, propuso que: “las grandes reformas deben plebiscitarse”(La Tercera, 30/11). La idea fue lanzada después de reunirse con la organización NO+AFP. Supondré que no es una ocurrencia oportunista (del tipo “traeré de vuelta a Harold y Bielsa”) sino fruto de una reflexión, meditada, sobre la forma de ensanchar nuestra democracia. Además, no es su único defensor como mecanismo de participación, NO + AFP lo hace, Revolución Democrática, la ocupó como medio de consulta a sus bases sobre si apoyar o no al mismo Guillier. Pero existe una diferencia, de todos los anteriores, Guillier es el único que aspira a ser el máximo representante del estado y sus ciudadanos, justamente, eso asigna relevancia a su declaración, defiende una forma de participación y legitimización de las decisiones políticas, opuesta a la misma forma representativa que el busca encarnar como presidente de la Republica.

¿Cuál es la importancia del tema?

Para quienes se oponen, rápidamente, a la idea general de los plebiscitos, el problema es que darían paso a una suerte de populismo (en sentido vulgar negativo del término) donde no existiría el debido procesamiento de las expectativas de los ciudadanos, condición necesaria para que exista una democracia representativa y el estado de derecho. Esa objeción, que uno podría designar como la defensa del sistema representativo puro, si bien es atendible, tiene un inconveniente:

Hay buenas razones para suponer que la democracia representativa, entendida así, perdió su capacidad de ser la única forma de entender la democracia post Guerra Fría. El surgimiento de movimientos sociales, populismos de distinto signo, ideas identitarias, la decadencia de las fuerzas socialdemócratas, democristianas, liberales y conservadoras tradicionales, que se desarrollaron y defendieron esa forma de democracia, son señales de una pérdida de su capacidad de entregar legitimidad. La pregunta por la validez de los plebiscitos, lo es sobre el estado actual de la democracia, de ahí su relevancia. Por eso, críticas a los plebiscitos del tipo “materias complejas deben resolverse técnicamente, por los que saben”, no va al punto final más significativo: un sistema es democrático, si y solo si, los ciudadanos consideran que, en última instancia, las leyes bajo las cuales se van a someter son ellos sus autores últimos, lo que en la tradición republicana que surge con el derecho romano, se entiende como “ser su propio legislador”. El tema es si los plebiscitos pueden o no ser expresión de aquello.

Si bien Guillier, en la expresión de su voluntad política, no argumentó (más allá de un genérico: son las personas las que deben decidir) le supondremos razones. Imaginaré que es un lector, agudo, de un autor como Jeffrey Green, uno de los teóricos más significativos en la defensa de la democracia plebiscitaria. Su obra, The Eyes of the People: Democracy in an Age of Spectatorship (Oxford, 2010), es referencia obligada sobre el tema.

Para entender el argumento es de utilidad partir por un hecho histórico que nadie niega (ni Green), esto es el uso por parte del fascismo y nazismo de los plebiscitos como una herramienta central de su política. Eran movimientos de masas, donde se buscaba la identificación del líder con el pueblo. La figura carismática del soberano (fuese en este caso el Duce o el Führer) sometía a aprobación popular iniciativas significativas. Era una forma de validar su propio poder. Por eso, entre los grandes teóricos de la democracia plebiscitaria se encuentra Carl Schmitt, uno de los principales juristas del período nazi. Su valoración de la democracia plebiscitaria se enmarca en su crítica al liberalismo. Este último sería inseparable del parlamentarismo (para Schmitt un gobernar inoperante vía discusión) y una forma de entender el derecho donde éste (el derecho) limita las posibilidades de acción de los individuos, incluida la voluntad del soberano. Para Schmitt, simplificando sintéticamente su posición, esa democracia-liberal no interpreta al pueblo, lo es de grupos partidarios que hacen aparecer reuniones y comisiones como si fuese un ‘debate público’. Sería un sistema de representación solo de grupos de interés que raptan para si el concepto pueblo y que emplean el derecho para su propia perpetuación. Por eso, sería intrínseco a la democracia-liberal una despolitización de la sociedad y la promoción de un modo de vida burgués, el derecho-liberal un dispositivo a su servicio. Hoy en día, la crítica de Schmitt al liberalismo no es propiedad exclusiva de la extrema derecha, cierta izquierda la asume como propia, sumado a un interés académico en ella. En nuestro medio, Hugo Herrera es un representante de lo primero, Fernando Atria de lo segundo.

¿Qué papel jugaría la democracia plebiscitaria? Una democracia de masas sería la llamada a superar la versión liberal para lo cual se debe eliminar una distinción fundamental del liberalismo: estado y sociedad. De esa forma se podría dar paso a un estado total. La democracia real sería básicamente un proceso homogeneizador. Schmitt verá en Rousseau una fuente para indicar que el contrato social (no liberal) descansa en una voluntad general que se fundamenta en un principio de homogeneidad, eso permitiría la acción del pueblo como un todo. Ese pueblo, no podría ser ‘representado’, por tanto, la pregunta que surgiría es si puede actuar sin intermediación de un representante, para Schmitt la única opción sería por aclamación. Esta última permitiría la manifestación del poder del pueblo y a la vez permitiría la superación de su imposibilidad de autogobernarse. Es en la presentación de propuestas de un líder al pueblo, para buscar su aclamación, donde se materializaría la democracia de masas.

Por eso, no es raro que dictadores como Ferdinand Marcos y Augusto Pinochet hayan recurrido al uso de plebiscitos, nada menos democrático en el sentido representativo-liberal. Tampoco es curioso que alguien carente de talante democrático como Jaime Guzmán los promoviese. Obviamente. Eso explica también su casi prohibición en la constitución alemana actual.

La pregunta que queda abierta es qué razones un autor como Green (en las antípodas de los anteriores) entrega en su defensa. Si bien reconoce ese uso de los plebiscitos, indicará que no es el único. Esa forma dictatorial supone un uso de todo el aparato estatal para validar la acción del líder. Son formas totalitarias de plebiscitos donde el pueblo no es lo principal. Habría que rescatar su origen romano, donde lo básico es que es una expresión de la plebe ¿Quién sería la plebe? Todos quienes no son parte del poder gobernante (entendido en sentido amplio). Sería un elemento central de la democracia la observación por parte de la plebe de sus líderes. Una democracia de masas no puede asentarse en la idea de que los individuos son los autores de las leyes sino en la existencia de un poder popular, de tipo crítico, ocular.

La democracia ocular supone al plebiscito como un medio. Es un instante en el cual el pueblo se centra en la figura de quienes gobiernan, si estamos en sociedades pluralistas, con distintos medios de comunicación (sumado a las actuales redes sociales) eso permite evaluar el carácter de los gobernantes, su franqueza o falta de ella. Un ejemplo de esto se encontraría en la tragedia de Shakespeare: Coriolano. En ella, el general romano es forzado a exponerse al pueblo, donde su ambición y soberbia quedan al desnudo. Por el contrario, otra tragedia de Shakespeare, Julio César, mostraría la primera forma plebiscitaria, donde el líder maneja al pueblo. Green indicará que la democracia plebiscitaria es una forma de observación y vigilancia de los poderosos, para que esto sea así, habría que recordar lo que indica Aristóteles respecto, no solo, de la necesidad de la virtud del que gobierna, también se requiere la virtud del que es gobernado.

Quizás, un ejemplo histórico de lo anterior sea Suiza, donde la prosperidad capitalista convive con altos grados de igualdad y una democracia que es una forma representativa, pero con elementos plebiscitarios y de asambleas locales. Cabe indicar, que la construcción de esa fórmula se empezó a gestar en el siglo 14. Una pregunta evidente es si es trasplantable.

Cuando Guillier fue nombrado candidato por el PS, Ernesto Ottone, preguntó a Elizalde: “¿Cómo el partido socialista elige a A. Guillier? de cuyo pensamiento no se tiene mucho conocimiento (…) pero dime cuáles son las ideas de una socialdemocracia moderna de Guillier (…) ilústrame”. Quizás sea el fragor que produce la lucha electoral pero la pregunta sigue abierta y cobra mayor importancia si su fórmula es que las “grandes transformaciones” se deben plebiscitar. Eso implica un cambio mayor sobre la comprensión de nuestra democracia. Por eso mismo, es importante que quien lo propone entienda la seriedad de la promesa electoral, en la cual, inclusive, el medio(plebiscito), puede conllevar tanta importancia como la materia plebiscitada.

No está demás, en época de elecciones, que los candidatos (tanto Guillier como Piñera) recuerden el inicio del fin de Coriolano en la tragedia de Shakespeare, cuando un ciudadano le increpa: “Querría ser cónsul, la costumbre antigua solo con vuestros votos lo permite. Vuestros votos, pues. Cuando se los dimos, ¿qué nos dijo? Gracias por vuestros votos, muchas gracias; vuestros muy amables votos; ahora que me habéis dejado vuestros votos, más no tengo que ver con vosotros. ¿No fue eso una burla?” Republicanamente,  más importante todavía, es que no olviden a Shakespeare y Coriolano, los mismos ciudadanos.

Gonzalo Bustamante
Escuela de Gobierno
Publicado el Jueves, 07 Diciembre 2017 en La Tercera