La DC, el Golpe, Estados Unidos y la “historia oficial”

Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Capital

Las efemérides sirven como recordatorios de eventos históricos significativos, ya sea para conmemorarlos, celebrarlos, cuestionarlos o criticarlos. Hoy, a cuarenta años del golpe de Estado, nos encontramos ante una oportunidad única de volver sobre el pasado que aún nos atormenta y divide. No se trata de utilizar la fecha como una excusa para legitimar o justificar una posición en específico, sino más bien de aprovechar la coyuntura para reafirmar la importancia de la historia, cuando se intenta construir una democracia sólida y perdurable en el tiempo.
 
Sabemos que la historia no es sinónimo de “verdad” ni menos de versiones “oficiales”. Por razones relacionadas con el subjetivismo de los que estudian y escriben la historia, no es dable aspirar a una versión unívoca y lineal de los acontecimientos ocurridos en el pasado. Los intentos por hacerlo, deslindan peligrosamente con aquellas interpretaciones orgánicas de los totalitarismos europeos del siglo XX, cuando el relato “oficial” de lo acontecido estaba subordinado a la versión –subjetiva también– de aquéllos que detentaban el poder. En el caso chileno, difícilmente pueda decirse con certeza que existe un relato aceptado y monocromático sobre la UP y el posterior golpe de Estado (muy a pesar de lo que opinan los sectores más a la derecha).
 
Es innegable, empero, que algunos acontecimientos y posiciones pueden ser fácilmente comprobables y documentados. Hoy, por ejemplo, contamos con una serie de documentos que comprueban la oposición de Eduardo Frei Montalva y de sus más cercanos colaboradores a la ratificación de Salvador Allende como Presidente de la República en octubre de 1970. En efecto, en un artículo publicado recientemente por Estudios Públicos, el historiador Sebastián Hurtado ha demostrado las tratativas de Frei y de su gabinete por llevar a cabo un “golpe blanco”, mediante el cual el gobierno en ejercicio debía “empujar a las Fuerzas Armadas a hacerse cargo del poder en el período entre el 4 de septiembre [de 1970] y la sesión del Congreso Pleno del 24 de octubre que debía elegir al Presidente de Chile para el período 1970-1976”. De resultar esta estratagema, se “impediría que se llevase a efecto la votación parlamentaria para elegir al sucesor de Frei. Así, Allende y la Unidad Popular verían bloqueadas sus posibilidades de convertirse en gobierno”.
 
La fuente principal de Hurtado para probar su afirmación proviene de los documentos diplomáticos recientemente desclasificados por el gobierno estadounidense y que, a pesar de su importancia, no habían sido sistemáticamente revisados hasta ahora. En ellos se muestra fehacientemente (todas las fuentes son subjetivas, pero, como dice el historiador inglés Alan Knight, los informes foráneos suelen ser más claros y menos distorsionados que el de los observadores nacionales) que la corriente más influyente de la DC fue, desde un comienzo, contraria a Allende y a la UP. No sólo eso: también demuestra que, a pesar de lo que generalmente se sostiene, la intervención directa de Estados Unidos en el boicot a Allende fue únicamente marginal. En opinión de Hurtado, el “golpe blanco” de Frei fue ideado, diseñado y posteriormente rechazado por actores chilenos y con intereses chilenos. Éste es un punto importante, ya que “nacionaliza” un proceso que muchas veces ha sido visto desde una perspectiva exageradamente internacionalista, sobre todo cuando se da por sentado que la Guerra Fría se luchaba con la misma intensidad en los centros y en las periferias.
 
Ahora bien, este tipo de simplificaciones no sólo dice relación con la supuesta responsabilidad de Estados Unidos durante estos años; también se ha intentado últimamente simplificar y uniformar la posición de la DC respecto al golpe de Estado de 1973. Haciendo caso omiso al hecho de que amplios sectores democratacristianos se enfrentaron fieramente al gobierno de Allende, en agosto de 2013 se pretendió establecer que la opinión de los 13 firmantes de la carta DC condenando el golpe de Estado, debía comprenderse como la postura “oficial” de la Falange. Digo algunos, pues al menos Belisario Velasco, uno de los firmantes de dicho documento, fue enfático al señalar que “no puede decirse: ‘Ésa fue la posición del partido’, porque incluso diría que en ese momento éramos minoritarios a nivel de dirigencia. La historia no se puede cambiar”. Y el ex ministro está en lo correcto: no se puede hacer caso omiso de las actitudes y acciones pasadas cuando ellas están claramente documentadas. No se puede, en otras palabras, obviar el hecho de que, en lo que concierne a la DC, la posición de los “13” no sólo fue minoritaria, sino también prontamente descalificada. Esto, por mucho que la visión integral de la DC haya cambiado desde entonces.
 
La historia, pues, es un acto de reflexión subjetiva y abierta a una constante renovación interpretativa. No obstante, un mínimo de coherencia con el pasado exige que aquello que se escribió con la mano no se intente borrar con el codo. “Oficializar” una opción es un ejercicio ex post facto, que poco y nada ayuda a explicar por qué y cómo perdimos nuestra democracia ese aciago martes de septiembre de 1973.
Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Publicado el Viernes, 20 Septiembre 2013