La cultura del bono

Ignacio Briones

Decano Escuela de Gobierno

La Tercera

El Registro Civil completa hoy 39 días de paralización ilegal a vista y paciencia del gobierno. El costo social es enorme. Con más de dos millones de trámites acumulados, son también millones los ciudadanos que no pueden ejercer derechos tan elementales como tener identidad legal, desplazarse transfronterizamente, transferir vehículos o inscribir nacimientos y defunciones. Y qué decir de las miles de horas de tiempo perdido en interminables colas.

Si bien las razones del paro son confusas, sabemos que los dirigentes reclaman la obtención de un bono. Coincidencia o no, la movilización surge días después de un jugoso bono obtenido por los trabajadores de BancoEstado. Ante el ejemplo, al parecer nadie quiso quedarse sin su premio. Por cierto esta no es una particularidad del sector público. Las relaciones laborales en el sector privado hace tiempo que están impregnadas por lo que podríamos denominar la cultura del bono. De “término de conflicto” pero también para “evitar el inicio de un conflicto”.

No hay huelga, legal o ilegal, que no esté condicionada por la obtención de un suculento cheque. En sus orígenes, la figura del bono intentaba resarcir el sueldo no percibido durante la huelga. Hoy ha derivado en otra cosa. Los bonos por término de conflicto en las grandes empresas se sitúan entre 1,5 y 4 remuneraciones brutas. Y ni hablar de la gran minería del cobre, Codelco incluido, donde los bonos se miden en 4X4 y las paralizaciones en bloqueo de caminos y faenas. La cultura del bono es una particularidad chilena. Si bien no existe demasiado consenso sobre sus causas, la bonanza del cobre contribuyó a exacerbarla. Como sea, se trata de una cultura que no agrega valor, no contribuye a un sano proceso de negociación colectiva ni es funcional a buenas relaciones laborales de largo plazo. Tampoco a mejoras de productividad. Y ni hablar de la verdadera industria parasitaria de “asesores” que florece en torno a la obtención de bonos.

Una hipótesis plausible para explicar la cultura del bono radica en nuestra paternalista tradición legal que deja escasos espacios para negociar cuestiones sustantivas que vayan más allá del salario (o un bono que, para todos los efectos prácticos, es parte del salario). El Código del Trabajo se superpone a la capacidad negociadora de trabajadores y empresarios por la vía de fijar en la norma aspectos que perfectamente podrían ser negociados entre las partes.

La reforma laboral en discusión en el Congreso no subsana este problema. Da más poder a los sindicatos, pero no amplía materialmente los temas relevantes a negociar. Sin duda una inconsistencia. Esto es patente en los pactos de adaptabilidad que, entre otras cosas, permiten negociar jornadas más flexibles. Si bien el proyecto del gobierno establece esta posibilidad, exige altos quórums de sindicalización y una negociación aparte para tales materias. Este último punto, la introducción de más negociaciones legales, no es menor.

Además de la negociación colectiva tradicional y de la negociación de pactos de adaptabilidad, el proyecto del Ejecutivo mandata la negociación de definición de servicios mínimos. Pasaremos así a tener tres negociaciones. Y en todas ellas cabrá esperar un bono. A no extrañarse, entonces, que la cultura del bono se multiplique y quede irremediablemente instalada.

Ignacio Briones
Escuela de Gobierno
Publicado el Viernes, 06 Noviembre 2015