La arremetida conservadora

Felipe Schwember

Existe un frágil e incómodo equilibrio entre los diferentes sectores que se identifican con la derecha y, más concretamente, entre liberales y conservadores.

Como los conservadores han sido siempre más numerosos, la influencia de los liberales dentro del sector se explica seguramente por la fuerza y el éxito del liberalismo económico. Con todo, y como incluso en las alianzas más pragmáticas es necesario articular un discurso común, los diferentes miembros de una coalición necesitan hacer la vista gorda con aquellas ideas de sus aliados que les resultan más incómodas. Es necesario, dicho de otro modo, tener ciertos miramientos con los aliados políticos. Uno no puede cargar al cuello de sus aliados naturales o potenciales. Sin embargo, eso es precisamente lo que han hecho de un tiempo a esta parte un grupo de académicos e intelectuales conservadores con el liberalismo. El ataque es ciertamente más vehemente que riguroso, pero no por ello menos estridente.

Así, por ejemplo, se ha dicho que el liberalismo tiene un carácter meramente abstracto, en la medida en que piensa al hombre desvinculado de la sociedad y fuera de sus contingencias y particularidades históricas; que promueve el atomismo y el individualismo, especialmente a través de su concepción de los derechos subjetivos; que dicho individualismo tendría un carácter deletéreo en la medida en que impide a sus miembros participar de una concepción compartida de bien y que, con ello, disloca la sociedad; que la noción misma de “derechos individuales” resulta “problemática”, porque alienta la idea de que sus titulares carecen de deberes y que pueden exigir más o menos lo que se les venga en gana; que encierra, por lo mismo, a varias “contradicciones” cuya dialéctica conduce a la anarquía o al autoritarismo (después de todo, alguien tendrá que poner orden entre tantos desmanes).

Podría decirse mucho de cada una de estas críticas. Por ejemplo, que en ellas se nivela el liberalismo con las teorías contractualistas (y que en estas últimas se confunde, además, una explicación ideal con una génesis histórica); que en ellas se trata el liberalismo como una doctrina homogénea y no como una familia de teorías que tienen diferencias entre sí; que el ataque a los derechos individuales, inspirado en la filosofía de Michel Villey, parte de una visión inadmisiblemente gruesa, cuando no caricaturesca, de las teorías iusnaturalistas modernas, etc.

Valentina Verbal ha señalado, con razón, la inspiración comunitarista de estas críticas (doctrina que, por lo demás, como observa también ella, sirvió en buena medida de fuente de inspiración al Manifiesto por la República y el buen gobierno). El comunitarismo, pese al optimismo de sus defensores criollos también resulta “problemático” y envuelve sus “contradicciones”. Por de pronto, la dificultad para encontrar criterios normativos sin incurrir en “abstracciones” como las que le achacan al liberalismo. Esta dificultad es tanto más escabrosa desde el momento en que el comunitarismo no es otra cosa que un aristotelismo o un hegelianismo deslavado, desprovisto de sus premisas metafísicas. Y la tradición, la costumbre, el contexto histórico, etc., no sirven por sí solas para fundar una teoría y un programa político que no quiere ser relativista y que, por el contrario, pretende suceder a un conservadurismo firmemente asentado en principios metafísicos.

Por esta razón, cualquier conservador con sentido de los problemas normativos tenderá a abandonar el comunitarismo por algo mejor y más sólido. Para comprobarlo, haga el lector la prueba de preguntarle a cualquier tomista ortodoxo qué piensa del comunitarismo. Muy seguramente estará de acuerdo con un famoso autor liberal que dijo que el comunitarismo era una doctrina vaga y mal definida.

Dicho aún de otro modo: el comunitarismo es un programa conservador, pero sin la enjundia intelectual del conservadurismo de antaño. Es un conservadurismo light, que cree ubicarse en el justo medio de todas las doctrinas políticas, y por eso sus defensores criollos atacan la libertad, pero no tanto; critican el colectivismo, pero no tanto; promueven el Estado, pero no tanto, etc.

De ahí, por ejemplo, la dificultad de definir claramente qué es lo que los comunitaristas —o para el caso, los intelectuales criollos que defienden el comunitarismo o se alinean tras él— entienden por “lo público” o “bien común”, u otros conceptos semejantes a los que hacen constante  referencia.

Pero aún es posible abordar todos estos problemas desde otra perspectiva. Podemos preguntarnos quién tiene (o debería tener) la última palabra acerca de la vida de una persona. El liberalismo responde “la persona de que se trata”, es decir, cada uno debe poder decidir sobre sí mismo (mientras con ello no perjudique a otros). El comunitarista considera, sin embargo, que esta es una respuesta “abstracta”, “vacía,”, “egoísta”, etc.

El comunitarista piensa que el “individualismo” liberal —esto es, la idea de que cada individuo es soberano para decidir cómo vivir su vida— tiene efectos deletéreos en la sociedad. Por el contrario, los que simpatizamos con el liberalismo consideramos que el comunitarismo —y otras formas de conservadurismo— tienen efectos deletéreos en la vida de las personas afectadas por el paternalismo y el autoritarismo.

Sin embargo, la arremetida conservadora no se detiene ahí. Si solo se hubiese tratado del comunitarismo (asociado a formas socialcristianas u otras parecidas), la avanzada conservadora habría sido deprimente, pero no alarmante. Al comunitarismo se ha añadido (¿quizás con el propósito de darle algún contenido ulterior?) una pasmosa innovación: el nacionalismo. Es decir, la forma probablemente más cerril, asfixiante y estrecha de colectivismo, y cuyo contenido, además, es tan peligrosamente vago que se presta a casi todas las formas de manipulación imaginable.

Es cierto que Hugo Herrera —el principal impulsor de esta idea— ha apelado al “nacionalismo reflexivo”, a un, digamos, nacionalismo de élite, dirigido por intelectuales. Más allá de su ingenuidad (¿cuánto cree el lector que tardarían los intelectuales en perder el control de su Frankenstein?), esta formulación encierra o un simple oxímoron o una mala utopía platónica en la que los reyes filósofos les cuentan a sus súbditos un mito para que éstos se dejen gobernar mansamente.

Así las cosas, parece claro que con su última arremetida los conservadores han estirado demasiado la cuerda.

Felipe Schwember
Escuela de Gobierno
Publicado el Sábado, 13 Mayo 2017 en El Líbero