Jerusalén es algo mucho más complejo de lo que crees

Ignacio Morales

El 23 de diciembre de 2016, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobaba, con el sorpresivo voto de abstención de Estados Unidos, la resolución N°2334. Ésta, a sólo semanas del fin de la presidencia de Barack Obama, condenaba a Israel producto de su permanente política de construcción de asentamientos en Cisjordania, territorio ilegalmente ocupado desde 1967. Esto incluía, por supuesto, a Jerusalén oriental, símbolo inequívoco de la aspiración política de autodeterminación nacional de gran parte del pueblo palestino representado, en parte, por la Autoridad Palestina. La sorpresiva abstención de Estados Unidos marcó un hito, aunque puramente simbólico y fácilmente revocable; es más, el ya electo Donald Trump aseguraba que una vez que asumiera la presidencia las cosas cambiarían y que las relaciones entre su administración y la de Benjamín Netanyahu intentarían borrar cualquier rastro de tensión provocado por la tardía e ineficaz decisión de Barack Obama. Por supuesto, esta noticia fue muy bien recibida por el gobierno conservador de Netanyahu y confirmó, como suele suceder, que Trump no era, ni es en la actualidad, capaz de comprender las fuerzas con las que juega en este complejísimo Oriente Medio contemporáneo.

Y como era de esperarse, menos de un año después de estos acontecimientos, el inestable Donald Trump oficializó, en medio de una marcada tensión regional profundizada por saudíes, iraníes, qataríes, sirios, egipcios y turcos, a Jerusalén como la capital del Estado de Israel. Es cierto, al menos desde 1967 el poder ejecutivo israelí, tal como su parlamento y sus más importantes ministerios funcionan anclados en la ciudad histórica (por lo demás, todos en la parte occidental de la ciudad). También es cierto que fue en 1995 cuando el mismo congreso estadounidense reconoció a Jerusalén como capital del Estado de Israel. Pero más allá de las obviedades, el hecho de que todas las embajadas existentes en Israel, incluida la estadounidense hasta al menos tres años más, tengan base en Tel Aviv, se debe a que una de las piedras angulares de la disputa entre palestinos e israelíes, por un lado, y de árabes y turcos e israelíes, por otro, es la definición misma de Jerusalén como capital en disputa. Esto, no sólo considerando las agendas político-históricas de israelíes, palestinos y árabes, sino que también de judíos, musulmanes y cristianos. Oficializar internacionalmente a Jerusalén como capital única e indivisible del Estado de Israel significa, en la práctica, desechar cualquier posibilidad -aunque mínima que esta parezca- de lograr un acuerdo de paz que descanse en la denominada solución de los dos Estados.

Políticamente hablando, ha sido en el mismo Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas donde se ha jugado esta nueva escalada de tensiones diplomáticas. Luego de días de enfrentamientos entre palestinos e israelíes, de la unificación discursiva de un grupo importante de mandatarios de naciones árabes, del protagonismo carismático y preocupantemente anti-israelí del presidente turco Recep Tayyip Erdoğan, de la sistemática retórica conflictiva del régimen de los Ayatolas iraníes y, por lo demás, de la distancia que todo el Consejo de Seguridad de la ONU ha explicitado frente a la decisión de Washington, Estados Unidos ha insistido en justificar su error a partir, principalmente, de su embajadora en el mismo Consejo. Nikki Haley, contenida por el poderío militar estadounidense y un presidente terco e ignorante, se ha esforzado por explicar lo inexplicable. Así además, ha debilitado al Consejo de Seguridad, responsabilizándolo por su supuesta incomprensión de una absurda política antojadiza que profundizará los antagonismos entre israelíes, palestinos y árabes. Lo sorprendente de todo esto es que, al final de día, todo responde a una estrategia tácita: debilitar la posición del pueblo palestino para que, poco a poco, asuman una derrota histórica a partir de un proceso de desgaste no sólo institucional, sino que además emocional.

La argumentación de Haley consideró varios puntos; todos fácilmente rebatibles. En primer lugar, según Washington, Estados Unidos no busca, al reconocer Jerusalén como capital de Israel, establecer una posición sobre fronteras o límites. Es cierto, no lo explicita, pero al no considerar los derechos del pueblo palestino sobre Jerusalén oriental, el argumento estadounidense se debilita siempre que insista en esa insípida ‘búsqueda de paz’. En segundo lugar, señalan que el problema de la soberanía sobre Jerusalén debe ser resuelto por las partes en conflicto. ¿Cómo hacerlo entonces cuando el mundo árabe en su conjunto, y sobre todo los palestinos, han señalado explícitamente que Estados Unidos ha demostrado no ser, sobre todo ahora, un interlocutor válido? En tercer lugar, de acuerdo a lo señalado por la embajadora en la ONU, Estados Unidos no está dispuesto a mantener el statu quo que ha mantenido vivo este conflicto desde, al menos, 1948. Vaya forma de intentar terminar con el conflicto entonces, dejando de lado las aspiraciones legítimas del pueblo palestino sobre un territorio en permanente disputa.

En cuarto lugar, Haley señaló que las acciones de Washington se vinculan de forma directa con la realidad; pero la pregunta es ¿la realidad de quién? Recordemos que las visiones antagónicas de los actores involucrados en este conflicto son las que definen realidades completamente distintas. Por último, Haley agregó que los que estén dispuestos a usar la violencia para manifestar su descontento, no estarán calificados para ser partes de un eventual proceso de paz. Que simple suena cuando uno de los problemas más graves en este tipo de conflictos tiene que ver con la existencia de grupos ideológicamente radicalizados; la violencia se transforma en ellos en una herramienta.

Ahora, frente a la Asamblea General de las Naciones Unidas, Estados Unidos se vio acorralado frente a 128 países que votaron en contra de esta antojadiza resolución (Chile uno de ellos) ¿La respuesta de Washington? Una amenaza directa al financiamiento de las Naciones Unidas. En palabras de Trump: ‘(…) que voten como quieran, estaremos viendo cada voto con atención’. Triste, al menos, que la búsqueda de la paz esté en manos de ignorantes y ególatras. Paradójicamente, un año después de la resolución 2334, el conflicto está más vivo que nunca.

 

Ignacio Morales
Facultad de Artes Liberales
Publicado el Viernes, 29 Diciembre 2017 en La Tercera