Guillier: ¿una decisión Robotina?

Gonzalo Bustamante

“Los partidos de hoy son sobre todo máquinas de poder y de clientelismo, con un escaso o erróneo conocimiento de la vida y de los problemas de la sociedad, de la gente; con pocas o vagas ideas, ideales o programas; con cero sentimientos y pasión civil (…) los partidos han ocupado el Estado y todas las instituciones (…). Todas las operaciones que las diferentes instituciones y sus dirigentes actuales realizan se hacen básicamente en función de los intereses del partido y del clan al que pertenecen (…) la cuestión moral (…) se ha convertido en la cuestión política más importante y esencial, ya que su resolución depende la posibilidad de que se recupere la confianza en las instituciones, la gobernabilidad del país y el mantenimiento de la democracia”. Hay discursos que aparentan tener la condición de que no perecen: captarían una esencia propia de un fenómeno que trasciende fronteras y tiempos, o sintetizarían el dramatismo de un instante histórico (basta pensar en las palabras finales de Allende).

Este discurso del legendario secretario general del Partido Comunista italiano, Enrico Berlinguer, posee esa condición: parece como escrito hoy sobre un problema de hoy; no hace 35 años. Fue una de las mentes más lúcidas y notables de la política europea del siglo XX. Es más, posee una claridad que pareciera superar la de muchos miembros de la Nueva Mayoría. Un italiano que murió en 1984 podría haber entendido el problema político de las llamadas “fuerzas progresistas” en el Chile del 2016, mejor que sus propios protagonistas.

¿Cómo sería posible semejante rareza?

Muchos de ellos serían víctimas de lo que describe Berlinguer: “Máquinas de poder y de clientelismo”. Basta atender al “fenómeno Guillier”. ¿Qué explica la repentina fascinación por el ex lector de noticias, destacado periodista y cara visible de la publicidad de variadas empresas (entre ellas las AFP)? Sería popular.

Esa condición haría suficiente el querer llevarlo a La Moneda. Poco o nada importaría si posee o no las condiciones políticas y de gestión para el cargo, si tiene alguna idea política (aquellas que le dan un sentido distinto a la simple lucha por el poder) o si quienes lo rodean son las personas idóneas; se valida única y exclusivamente porque podría derrotar al adversario. Es la transformación de la “popularidad” en criterio tanto de identidad (nos representa) como de legitimidad (es políticamente responsable la acción de llevarlo).

Es cierto que esta condición no es exclusiva de la Nueva Mayoría. La derecha fue entusiasta de un hombre-espuma como Golborne y del populismo (versión chabacana) de Lavín. La lógica detrás de la adhesión de la Nueva Mayoría a Guillier en nada se diferencia de la que existió en Chile Vamos (ex Alianza) por los personajes antes mencionados o por la Robotina. Como existe el pudor (hasta en la política) se trata de revestir las decisiones más brutalmente pragmáticas de algún tipo de justificación que, de una u otra forma, no deje al desnudo su realidad: la búsqueda del poder por el poder.

Es así como se transforma a la “Robotina”, en cuanto candidata, “en una muestra de promoción de valores meritocráticos”. Ahora a Guillier en un candidato “ciudadano”. No sería una decisión de cálculo oportunista lo que daría vida a sus posibilidades sino el resultado de un querer de la ciudadanía. La acción (de los conglomerados políticos) sería el solo reflejo del deseo de otro (la ciudadanía), al cual simplemente se busca interpretar. La “ciudadanía” casi les impondría un destino, al cual habría que someterse, por trágico que pueda ser.

Es hacer parecer que, apoyándolo, se responde a ese no-entender a la ciudadanía, como parte de la crisis moral de la política, que describe Berlinguer, pero no pasa de ser el ocultamiento de aquello que el propio autor italiano describe como el origen de ese mal: “Son máquinas de poder”; habría que precisar: “Son computadores de poder”.

Ante ese estado de confusión, otros partidos (basta pensar en la DC) sacan cuentas de cómo poder ingresar a la disputa.

Dos casos opuestos sobresalen. El del constitucionalista Fernando Atria y el de Ricardo Lagos.

El primero pareciera empeñado en generar, en una instancia como una elección presidencial, un debate de ideas. Atria posee aquello de lo que carece Guillier. Uno es formado en el análisis riguroso de la teoría del derecho y en un acercamiento a la política desde el debate de propuestas, es un hombre de intercambiar y proponer discursivamente. El otro en la sonrisa amable, el “si bien es cierto aunque también no es menos cierto”, a la frase exacta y de tono prudencial del conductor de programas de televisión.

El problema de Atria es que aquello que debería ser “natural” en política, discutir ideas, pareciera haberse transformado en un verdadero alien de la acción política. En eso Atria es un rara avis; Guillier, un ícono de la levedad que pueda satisfacer los requerimientos de Cadem, Adimark y otros.

Lagos, contra todo pronóstico, se ha lanzado en una muy arriesgada carrera. La pregunta es: ¿para qué? Parte de su accionar pareciera responder a tratar de solucionar, a su juicio, una falencia de origen de la Nueva Mayoría: en su nacimiento se denostó lo realizado por la Concertación. Habría una impostura desde su origen. ¿Es que acaso no fueron los mismos? En ese sentido el nuevo proyecto de Lagos se asemejaría a un intento, no por una restauración (es suficientemente inteligente para percatarse de esa imposibilidad), sino un proyectar esa historia (la de la Concertación +NM) hacia un futuro. Lo suyo implicaría evaluar históricamente el papel jugado en el pasado para, desde ahí, preguntarse por lo que vendrá.

El proyecto de Lagos parte desde la historia. Guillier será siempre la foto del presente, de la CEP en curso, de la buena onda en redes sociales, y de todo aquello que pueda hacer olvidar un pasado “cercano a la Concertación” y que le permita aparecer como una “juvenil novedad”. Eso haría posible, a las fuerzas políticas que lo apoyen, indicar que la razón es “el escuchar a la ciudadanía” y no el cálculo por el poder.

No sería de extrañar que el “peso de la noche del oportunismo y los intereses” dejen las ideas de Atria (al menos dentro de la Nueva Mayoría) para un futuro. Que jubilen el “pensar históricamente su proyecto” de un Lagos. Y que, por el contrario, favorezca lo que alguien como Viroli, al estudiar el fenómeno de Berlusconi en Italia, ha descrito como una decadencia del lenguaje, de lo que se habla, de las formas políticas, para así dar paso a la pugna por imágenes.

Esa la ganan los “Berlusconi”; y los hay (a su modo) tanto a la izquierda como a la derecha.

Gonzalo Bustamante
Escuela de Gobierno
Publicado el Lunes, 07 Noviembre 2016 en El Mostrador