Guillier pierde la virginidad

Cristóbal Bellolio

Una de las fortalezas de la opción presidencial de Alejandro Guillier es su aparente virginidad política. Es lo que le permite decir que viene de un mundo distinto de aquel que la mayoría de la gente considera detestable. Algo parecido ocurría con Michelle Bachelet: aunque la ciudadanía era crítica de su coalición y sus colaboradores ella lucía como rosa fresca en medio de un pantano. Su fenomenal capital político comenzó a desvanecerse justamente el día en que la opinión pública ya no fue capaz de diferenciar entre ella y el resto de la clase dirigente. Lo mismo está empezando a ocurrir con el senador Alejandro Guillier.

En las últimas semanas, Guillier ha sido arrastrado al lodo. Ya sea porque aparecieron sus cuñas sobre la inmigración, porque perteneció a la fundación de una empresa minera, porque sonrió abiertamente junto a la muñeca inflable o porque entró en un áspero diálogo con el laguismo, Guillier está generando noticias que podríamos calificar de conflictivas.

Esto no es lo mismo que decir que es objeto de una sucia conspiración. Lo que está pasando es que Guillier está empezando a sufrir lo mismo que sufren sus colegas políticos: se le está cayendo la aureola. Ya no parece una figura tan virginal. Al ser asociado con la escaramuza pequeña y el comidillo politiquero, al modelo Guillier se le raya la pintura. Se empiezan a acumular las explicaciones que tiene que salir a dar.

Aunque no es un ejercicio predictivo ni representativo esta semana Alejandro Guillier sufrió su primera derrota en el juego de Twitter #ElectoralDeathMatch. Había ganado caminando las tres ediciones anteriores. Ahora se fue eliminado en una de las primeras fases... tal como Lagos y Piñera. Es decir, pasó a integrar el club de los políticos. Que la final del juego haya sido entre el activista social Benito Baranda y el cura jesuita Felipe Berríos permite la hipótesis de que la gente prefiere personajes políticamente virginales, que simbolizan altas virtudes cuyo discurso moralizante es consistente con su trayectoria. Guillier estaba en ese grupo. Ya no lo está.

Esto tampoco significa que haya que dar por liquidado el fenómeno Guillier. No tiene por qué terminar como Golborne, el gran casi-casi de la pasada elección presidencial.

Una cosa es que Lagos e Insulza logren meterlo a la lucha en el barro y otra distinta es que Guillier no aguante la presión.

Los números indican que sigue siendo la carta electoralmente más interesante de la Nueva Mayoría.

Lagos no prendió como se esperaba. En una reciente entrevista dijo que se "daba por pagado" si las ideas que promovía quedaban instaladas en el debate. Suena como una elegante manera de preparar una retirada. Por tanto quizás no sea buena idea emporcar tanto a Guillier. Puede ser la última esperanza del oficialismo para retener el poder, aunque ya no sea virgen.

Cristóbal Bellolio
Escuela de Gobierno
Publicado el Domingo, 18 Diciembre 2016 en Las Últimas Noticias