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Columnas de Opinión

Fraga y la derecha chilena

Publicado el Sábado, 28 Enero 2012
Ascanio Cavallo Castro
Ascanio Cavallo Castro

Decano Escuela de Periodismo
La Tercera

 

La semana pasada, a los 89 años y en su casa de Madrid, murió Manuel Fraga Iribarne. Toda España, desde el Rey hasta los comunistas, le brindó un homenaje emocionado que lo reconoció como una de las figuras más eminentes de la restauración democrática en la península, un hombre central en la transición y también, en el tránsito de España hacia la modernidad.


El caso es que Fraga no era un hombre neutral, ni un académico ni un jurisconsulto. Era un político, de los más fieros de la historia del siglo XX. No permitió nunca que ninguna palabra suya, ningún gesto, ningún acto, hiciera pensar a los demás que no era de derecha. Fue ministro de Información y Turismo en la dictadura de Francisco Franco, durante los años 60. En ese puesto, estuvo encargado de lo que se perfilaba como la primera industria de la España que asomaba la cara al mundo, pero también de las descaradas campañas de intoxicación informativa del régimen y de los secuestros de periódicos y revistas con olor a oposición. Garrote y zanahoria, también abolió la censura de la prensa, espió a los sindicatos de periodistas y relajó el nervio en las cuestiones sexuales. El Opus Dei le cobró esta última cuenta y lo sacó del gobierno, en 1969.


Para los estándares de su entorno, Fraga era un liberal. Para el Opus, un libertino. Franco parecía sentir por él cierta gratitud -aunque es dudoso que esta palabra estuviese en su diccionario- y lo mandó de embajador a Londres en los 70. Pero para entonces, la salud de la dictadura declinaba con la del dictador y el Opus se debatía como cencerro ciego.


Cuando Franco murió, en 1975, Fraga supo que se iniciaba una nueva España. Aspiraba a ser el presidente, por supuesto, pero el Rey eligió al más joven, Adolfo Suárez, y Fraga se resignó a un lugar en la primera fila, aunque no en el sillón principal. Fundó Alianza Popular con un grupo de ex ministros franquistas, y ese partido se lo robó unos años más tarde José María Aznar, que no tenía su pasado y que, aunque no le llegaba ni a los zapatos, sí logró llegar al gobierno.


Sorprendió a todos cuando, en medio de las tensiones de la transición, se dio un abrazo con el dirigente comunista Santiago Carrillo. El socialista Felipe González lo abrumó de elogios -lo que Fraga llamaría más tarde "una relación aceptable"-, pero el viejo derechista, ya sin cabida en Madrid, se retiró a Galicia, para labrarse un pequeño país a su medida. Envejeció y murió sin renegar ni una sola vez de su historia política.


La pregunta que sigue es: ¿por qué la derecha chilena no ha tenido a su propio Fraga? Esta derecha que ha seguido y se ha mirado por muchos años en el espejo del proceso español, que admiró su transición (no su destape), que vitoreó el triunfo de Aznar en los 90 y aclama ahora el de Mariano Rajoy, que quiere ser moderna y estar en la vanguardia del desarrollo, que adora a Europa más que a Estados Unidos, esta derecha, la derecha chilena, no ha tenido su Fraga y, por cruel que suene, cuesta imaginar cuál de sus políticos tendría el funeral popular y respetuoso que acaba de honrar al gran hidalgo español.


La principal razón es también la principal diferencia entre las transiciones española y chilena. Franco murió agarrado de las astillas de su bastón de mando, mientras que el general Pinochet se dedicó a tutelar a la derecha chilena en los 10 años siguientes de su derrota electoral. El general corroyó a quienes intentaron salir de su sombra -Sebastián Piñera, Andrés Allamand, incluso Evelyn Matthei-, pero la mayor parte de la derecha aceptó con cierto beneplácito esa tutela a lo menos hasta fines de los 90 o, para ser más precisos, hasta la candidatura presidencial de Joaquín Lavín. Esa pasividad adocenada le costó una condena de 20 años de oposición. Y le costó la larga distancia del partido fundado por Fraga, cuyo líder de recambio, Aznar, prefería reunirse con la DC chilena antes que verse con los defensores de Pinochet. Quizás hoy ocurra algo distinto con Rajoy, pero el desangelado presidente español está a años luz del volcánico Fraga y ha sido elegido para administrar una crisis, no para refundar España.


Las otras razones son algo más espesas. Fraga se diferenciaba de la "derechona", como se llama en España a los conservadores tradicionales, porque no procedía de la elite ni de la aristocracia. Era un derechista popular, que no le debía nada a su apellido ni al colegio ni a la secta católica de moda. Este es el sueño de la UDI. Pero ¿dónde encuentra la UDI a un dirigente parecido a eso? ¿Cómo escapa de la impronta aristocrática de sus fundadores y dirigentes principales? ¿Con Longueira? Puede ser: en ciertos momentos de los últimos 20 años, el actual ministro de Economía ha podido parecerse a Fraga.


La otra diferencia del líder español con sus propios pares fue el coraje. Fraga estuvo siempre disponible para servir a un gobierno, a un partido y a un proceso, pero también para decir fuerte y claro lo que pensaba, ya sobre la España pesetera, ya sobre la mileurista, aunque eso implicase abrazar a Carrillo. Este es el sueño de RN. ¿Tiene a ese dirigente? ¿Hay alguien así entre sus filas? ¿Allamand, Carlos Larraín (pero el nuevo, el de después del acuerdo con la DC)? Puede ser. La historia dirá si, ya que no pudo tenerlo en 20 años, la derecha chilena construirá por fin el Fraga que le dé cimiento doctrinario, coraje político y desfachatez personal para levantar un proyecto que vuele más allá de las elecciones.  


Ah, y algo más: en la España anticuada de Pili y Mili, Raphael y Mortadelo y Filemón, Fraga fue un adelantado en poner atención a las encuestas. Pero nunca les confirió la primera importancia. Antes que eso, como alguna vez dijo Felipe González, tenía "el Estado en la cabeza".