Enseñar historia

Juan Luis Ossa

Difícilmente existe un consenso entre los historiadores en torno a qué es la historia y cómo ella debe ser investigada, escrita y enseñada. Ya en los debates de la década de 1840 entre Bello y Lastarria se sentaron las bases de las dos principales corrientes historiográficas del país: al tiempo que el venezolano defendió la investigación surgida de documentos políticos, Lastarria se inclinó por una interpretación "filosófica" de la historia, en la que el papel del historiador no debía estar subordinado al positivismo documental.

Bello salió victorioso de dicho debate, y fue su forma de entender el papel de la historia la que se introdujo en colegios fiscales y privados. En efecto, por décadas la historia se vio como un vehículo de construcción nacional cuyo objetivo era construir un relato supuestamente fidedigno de los grandes acontecimientos políticos que, a partir de los documentos dejados por nuestros antepasados, nos habían permitido desarrollarnos como nación. Positivismo y nacionalidad fueron, de ese modo, los pilares en los que se construyó el relato historiográfico del siglo XIX y principios del XX.

Las cosas cambiaron con la profesionalización de la actividad y el surgimiento de las primeras escuelas de Historia. La historia económica y la historia social, por ejemplo, experimentaron un gran avance a partir de la década de 1950, gracias a lo cual historiadores como Mario Góngora publicaron síntesis notables sobre los espacios sociales de la política. Lamentablemente, esto no repercutió en los currículos escolares, por lo que varias generaciones de chilenos recibimos una muy mala educación histórica. Relatos maniqueos de héroes y antihéroes fueron concebidos para hacer de la historia un mero recuento institucional del Estado nación, siendo la década de 1980 la menos fructífera en la elaboración de un currículo que debió haber estado basado en la comprensión crítica y problematizada del pasado.

Desde entonces se han introducidos muchas reformas; algunas más certeras, otras sencillamente indeseables. Con todo, me parece que el profesionalismo y las muchas maneras de hacer historia en la actualidad han repercutido positivamente en los currículos académicos. Ahora interesan más los procesos que las fechas y datos aprendidos de memoria, y ello sin duda se debe a que el Ministerio de Educación se ha tomado en serio la labor de los investigadores en historia (conozco excelentes historiadores que trabajan en el ministerio). Sorprende, en ese sentido, que un escritor como Jorge Baradit —que vende libros por montones a partir del argumento falaz de que los historiadores no "cuentan" lo que deberían "contar"— sea tan oído en ciertos sectores progresistas. Sectores que, a decir verdad, deberían estar más interesados en conocer las cosas positivas que su gobierno está haciendo en materia curricular que en seguir la moda del último superventas.

Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Publicado el Miércoles, 25 Mayo 2016 en La Segunda