El sentido de la discusión acerca del aborto

Antonio Bascuñán
Facultad de Derecho
El Mercurio

El artículo 119 del Código Sanitario, en su versión conforme a la modificación introducida por la Junta de Gobierno en 1989, dispone: "No podrá ejecutarse ninguna acción cuyo fin sea provocar un aborto".

Carlos Künsemüller ha defendido en este lugar una idea extendida entre especialistas del derecho penal, según la cual los médicos estarían autorizados a practicar un aborto conforme a las reglas de su profesión ( lex artis ). Omite sin embargo explicar por qué el art. 119 no sería una regla para la profesión médica. Si lo es -y cómo podría no serlo-, entonces conforme a la lex artis médica solo puede decirse que no está prohibida la acción que causa un aborto sin que ese resultado sea su fin.

¿Cómo ha de proceder un médico en un caso de embarazo tubario? No hay manera de llegar a un parto viable; y de no intervenirse, tanto la mujer como el embrión pueden morir. Suponiendo que la interrupción del embarazo tubario es constitutiva de aborto, y dado que no hay otro tratamiento que matar al embrión, la intervención médica estaría prohibida. ¿La solución correcta es dejar que ambos eventualmente mueran?

Ante el absurdo de no salvar a quien tiene la posibilidad de sobrevivir -la mujer- y frente a la prohibición de causar de propósito un aborto, se abre como alternativa esperar a que la trompa se rompa al punto de que sea necesaria su extracción. Así, la acción terapéutica sería la remoción de la trompa y la muerte del embrión sería un resultado no perseguido como fin. ¿La solución correcta es exponer a la mujer a ese riesgo y mutilarla?

Ante el absurdo de imponer a la mujer riesgos y daños corporales para terminar produciendo el mismo resultado letal para el embrión, la consideración de su salud exige intervenir prontamente. Sin duda esta es la solución correcta conforme a la ética clínica, pero parece infringir el artículo 119. ¿Quién podría entender que en este caso la muerte del embrión como medio para evitar el embarazo tubario no sea un resultado perseguido como fin por el médico?

La versión más sofisticada de la doctrina que inspira al artículo 119 -el principio del doble efecto- ensaya una explicación. Dice que el aborto querido como fin es una acción que porta el sentido de un juicio acerca de la vida del embrión o feto como un bien prescindible. En un caso clínico sin solución alternativa posible -se dice-, la acción de matar al feto, aun previendo ese resultado como cierto y causándolo como medio para el logro del fin terapéutico, no expresaría ese juicio y por eso no sería intencional.

Abierta queda la cuestión de si esa explicación es aceptable. Lo que ella pone de manifiesto es que el principio del doble efecto presupone lo que pretende probar: la consideración del fin del médico no es el criterio que gobierna su acción, sino que depende de la apreciación de reglas que definen el sentido lícito o ilícito de su intervención. La calificación de la acción médica como aborto no intencional encubre el hecho de que se adecua a reglas que la autorizan.

Toda la discusión acerca del aborto lícito, desde las estrechas indicaciones propuestas por el proyecto del Gobierno hasta el modelo del plazo, admite ser entendida precisamente en este sentido: es una indagación acerca de las condiciones bajo las cuales la interrupción del embarazo causando la muerte del feto no constituye un juicio de menosprecio de la vida del embrión o feto, sino un reconocimiento de principios de justicia para con la mujer embarazada.

Que se trata de una discusión intrincada, es un hecho manifiesto para cualquiera que examine el debate habido en Occidente en los últimos cincuenta años en los ámbitos de la filosofía moral, la deliberación democrática, el derecho constitucional y el derecho internacional de los derechos humanos.

Eludir la complejidad de esa discusión mediante el expediente de afirmar certezas personales o de calificar retóricamente de criminales las posiciones contrarias es ponerse por debajo del nivel que ella puede y merece tener. Abrirse a toda la magnitud de su complejidad es lo que corresponde a una universidad. Ese es precisamente el fin de su actividad: trascender el localismo, revisar críticamente el prejuicio y liberarnos del dogmatismo.
Antonio Bascuñán
Facultad de Derecho
Publicado el Martes, 22 Septiembre 2015