El costo del “ni fu, ni fa”

Karen Trajtemberg

Ni Guru Guru podría haberlo dicho en un lenguaje más complicado. El esperado anuncio de la postura que adoptaría el Frente Amplio de cara a la segunda vuelta del 17 de diciembre, dejó a los interesados –sobre todo a la Nueva Mayoría- con un gran signo de pregunta en la cara.

Los discursos fueron variados. Desde los “llaneros solitarios” como Alberto Mayol, que llamó derechamente a votar por Guillier, hasta el documento final, que conminaba a unir fuerzas para evitar que gane el abanderado de Chile Vamos, Sebastián Piñera, pero luego añadía que “nuestro primer llamado es a cada uno de nuestros votantes a reflexionar y expresarse en las urnas en esta segunda vuelta de acuerdo a sus propias convicciones y análisis”.

Libertad de acción, le llamaron. Aunque en rigor, lo que sucedió es que el FA tuvo temor a –en buen chileno- “mojarse el potito”, porque mirando el futuro del conglomerado, la decisión no era fácil: un respaldo explícito al abanderado echaba por tierra tempranamente el discurso anti duopolio que le hizo sentido al 20% de los chilenos y los catapultó al lugar donde se encuentran hoy. Con 20 diputados y un senador electo.

Pero, por otro lado, rechazar explícitamente un respaldo a Alejandro Guillier tampoco era una alternativa viable. De ganar Sebastián Piñera, la clase política se encargaría de dejar en claro que la responsabilidad de la derrota era del pacto encabezado por Beatriz Sánchez. Tal como le sucedió a Maco Enríquez-Ominami y su 20% de respaldo en 2009, cuando no respaldó al entonces candidato de la Concertación, Eduardo Frei Ruiz-Tagle. El peso del fracaso, posteriormente, cayó en él y su liderazgo se fue desinflando conforme pasaron los años, hasta rasguñar el 6% de los votos en esta elección.

Precisamente y aunque parezca extraño –sobre todo considerando que el FA parece ser la revelación política del último tiempo- las similitudes entre la novedad que representó este grupo y la que encarnó ME-O hace algunos años, no son pocas, partiendo por la adhesión lograda y continuando con el respaldo poco claro y sin fuerza a quien entonces enfrentaba la segunda vuelta.

Al igual que ahora, en 2009 el abanderado del PRO no quiso jugársela por Frei y llamó a sus votantes a “reflexionar” para emitir su voto. Hoy incluso las palabras escogidas por el conglomerado de Beatriz Sánchez fueron las mismas: “No nos da lo mismo quién gobierne… Sabemos que Sebastián Piñera representa un retroceso", dijo la líder frenteamplista esta semana. “Con Piñera y su forma de hacer política tengo diferencias insalvables. Tampoco creo que Frei sea un avance… Para mí el proyecto de Sebastián Piñera es un retroceso”, afirmó Enríquez-Ominami hace ocho años.

En este escenario, las palabras del electo senador frenteamplista, Juan Ignacio, Latorre fueron las más acertadas: “Nadie es dueño de los votos”. Ciertamente, los sufragios nunca han sido endosables, pero ahora mucho menos, considerando la conformación del conglomerado y la molestia ciudadana contra la “política tradicional”, que precisamente fue lo que aunó voluntades en torno a Sánchez y sus candidatos al Congreso.

Porque el votante del FA no es un borrego que hará lo que digan. Ni siquiera se trata solo de jóvenes antisistémicos. La gracia de la candidata estuvo precisamente en generar una épica en la que confiaron desde los expingüinos hasta personas mayores, que antiguamente respaldaban a la Concertación y que ahora se reencantaron con la esperanza de una alternativa distinta.

Entonces, para la NM la dificultad precisamente está en encarnar esa expectativa. “Siempre es mejor un apoyo claro, explícito, pero si no hay, nuestro trabajo es conquistar a los ciudadanos con soluciones”, dijo el diputado PS Marcelo Schilling. Y ahí está ahora la tarea de Alejandro Guillier. No en convencer a Sánchez, Jackson y Boric, sino en simbolizar esa “esperanza” y ser capaz de convocar al ciudadano de a pie que votó por la periodista, pero que tampoco está claro de que Guillier sea la solución. Porque el votante frentamplista no es un militante ordenado y sumiso, que vaya a sufragar como le digan. Es un personaje abstracto al que se debe persuadir.

Mientras, el FA deberá administrar su decisión, esta determinación “ni fu, ni fa”. Porque bien gestionada puede convertirse en algo importante. Pero si la hipotecan, si se mantienen en el lado de “si bien es cierto, no es menos cierto”, el votante a la larga les pasará la cuenta. Como ya sucedió con el desaparecido “fenómeno” de ME-O, hace casi una década.

Karen Trajtemberg
Escuela de Periodismo
Publicado el Domingo, 03 Diciembre 2017 en El Mercurio de Valparaíso