El Bus de la Libertad

Juan Luis Ossa

A riesgo de sonar poco taquillero y políticamente incorrecto, quisiera defender el derecho del Bus de la Libertad a recorrer las calles de Santiago portando su mensaje en contra de la llamada ideología de género. No porque esté a favor de lo que allí se plantea, sino porque vetar una manifestación pública de estas características atenta contra los principios básicos de la libertad de expresión y la democracia representativa. Esa misma que a los propios críticos del mentado bus les costó tanto recuperar a fines de los ochenta.
Creo que nadie medianamente cuerdo podría oponerse a que los ciudadanos de cualquier sexo o condición sexual puedan expresarse libremente. Por mucho tiempo la sexualidad ha sido un tema tabú en la sociedad chilena y ya es hora de que las formas de expresar cariño vayan más allá de las convenciones heredadas del pasado. Pero de ahí a hacer de los nuevos derechos obtenidos una verdad inequívoca de lo que es y lo que no es correcto hay un trecho demasiado largo. En efecto, pareciera que de la dictadura conservadora hubiéramos pasado, así, sin más, a la dictadura de las minorías. 
Detrás de esta nueva forma de ejercer la participación de los incomprendidos se esconde una discusión muy interesante (pero peliaguda) sobre la libertad. Si alguien comprobara que los conductores del busecito aquel andan a palos y manotazos cumpliendo con su labor ideológica, entonces no me quedaría otra que oponerme a su existencia. Pero ya que no es así; ya que la supuesta violencia ejercida por los promotores del bus no pasa más allá de un mal rato menor (considerarla como violencia sicológica es una falta de respeto con los que, día a día, sufren dicho tipo de violencia), me parece que los conservadores tienen el mismo derecho a expresar sus convicciones que sus contendores. De lo contrario, estaríamos dando pie a la convivencia de dos tipos de personas: aquellas que tendrían el privilegio de expresarse y aquellas que no. 
Quizás nada exprese mejor mi posición al respecto que la siguiente frase (mal atribuida a Voltaire): No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo. Este es un axioma liberal en el sentido más amplio de la palabra, tanto porque da cuenta de que la verdad unívoca no es más que un invento de los fariseos de la moralina, como porque resume dos de los principios básicos de cualquier liberalismo: la igualdad ante la ley y la inexistencia de privilegios. 

Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Publicado el Lunes, 10 Julio 2017 en El Mercurio