El asedio ideológico a la UDI

Cristóbal Bellolio
Escuela de Gobierno
Revista Capital

Se está produciendo un fenómeno interesante en el lado derecho del espectro político, especialmente en torno a la gran familia gremialista.

El asunto no tiene que ver con las acusaciones de irregularidades en campañas ni tampoco –por ahora– con sus expectativas electorales, sino que dice relación con una especie de sangría intelectual, lenta pero segura, que amenaza con hipotecar la base ideológica del partido que fundara Jaime Guzmán. Voy a ejemplificarlo con la irrupción de dos movimientos paralelos y ya no tan subterráneos: por un lado, una corriente típicamente libertaria, y por el otro, una socialcristiana. Ambas han ganado tribuna en el último tiempo. Ambas critican a la UDI. Ambas representan polos prácticamente irreconciliables al interior de la derecha chilena.

La corriente libertaria –o liberal clásica, como ellos prefieren– se encuentra bien representada en instituciones como la Fundación para el Progreso, financiada por Nicolás Ibáñez y dirigida por el activo polemista Axel Kaiser. Entre sus más mediáticas incorporaciones se cuentan el ex parlamentario sueco Mauricio Rojas y el ex ministro de Cultura, Roberto Ampuero. Además de Kaiser, otros columnistas como Francisco Belmar y Jorge Gómez Arismendi ya poseen cierta tribuna en medios impresos y digitales.

La tiranía de la igualdad, el último libro de Káiser con entusiasta patrocinio mercurial, es una buena síntesis de las ideas que predominan en este mundo. No sólo cuestionan la legitimidad de los proyectos redistributivos que cautivan a la izquierda, sino que también desconfían de los anhelos paternalistas o moralizadores del Estado. En ese sentido se distancian del conservadurismo filoautoritario de la UDI. Si bien le reconocen al gremialismo una preocupación instintiva por la libertad en la actividad económica, le critican su débil defensa de ella en otros ámbitos de la vida social y política. A eso se refería el propio Belmar cuando en una controvertida opinión publicada en un vespertino capitalino, acusó al “nuevo referente” de la derecha de apropiarse indebidamente de la noción de liberalismo, que debe entender siempre como un proyecto genuinamente ideológico y no se puede contener en un discurso esterilizado de gestión y problemas reales de la gente. Con Piñera tampoco van ni a misa: Kaiser lo califica abiertamente como un presidente de centroizquierda. También ha indicado que si tuviera que elegir candidato, lo haría por Andrés Velasco.

La corriente opuesta es la socialcristiana que representan distintos grupos más o menos articulados. Probablemente ya esté familiarizado con los nombres de Daniel Mansuy o Hugo Herrera. Ambos provienen de la UDI, pero emigraron al mundo académico. El primero hizo su doctorado en Francia y el segundo en Alemania, por lo cual tienen una visión un poco más republicana y menos “neoliberal” de lo que podría ser una derecha en un contexto desarrollado. Ambos han sostenido que la esfera de la política debe gobernar al mercado, a diferencia de la ortodoxia de Chicago, que considera que la economía se organiza espontáneamente y mientras menos intervenciones, mejor. Los dos han hecho un llamado a recuperar otras tradiciones históricas de la derecha chilena, como la vertiente socialcristiana y la nacional-popular, que ayuden a moderar el discurso liberal imperante. En la misma línea, el director del Instituto Res Publica, Jorge Acosta, ha señalado recientemente que “el paradigma de la centroderecha no puede ser la libertad”. Ésa es la misma narrativa que desde hace años promueve el centro de pensamiento IdeaPaís, fundado por Diego Schalper. Dicho grupo se ha ramificado: ahora cuenta con un brazo político (“Construye Sociedad”) y un semillero universitario (“Solidaridad”).

El caso de Solidaridad en la UC es especialmente interesante para nuestro análisis: nacido de la costilla del Movimiento Gremial, en los últimos años le ha disputado con fiereza las elecciones de la FEUC. Sus coordenadas ideológicas son neofalangistas: desarrollo humano integral por sobre uno meramente material, énfasis en la comunidad por sobre el individuo, y un rechazo a la premisa liberal de neutralidad estatal cuando se trata de promover un modelo de vida objetivamente buena. Si es por coherencia doctrinaria, su candidato presidencial debiera ser Manuel José Ossandón.

En resumen, los libertarios consideran que la UDI es muy poco liberal y los socialcristianos estiman que es demasiado liberal. Los primeros quieren menos Estado. Los segundos quieren –eventualmente– que el Estado asuma mayores responsabilidades. Los libertarios no tienen mayor inconveniente con legalizar la marihuana o dar luz verde al aborto. Para los socialcristianos eso no es una posibilidad. Ambos provienen de un crisol cultural y socioeconómico común, pero están en las antípodas ideológicas. Tanto así que es difícil imaginarlos en una misma coalición. En cualquier caso, son los socialcristianos los más activos cuando se trata de organizarse políticamente. Los liberales clásicos, por ahora, se conforman con influir desde las letras.

Lo relevante es que ambos pequeños mundos están creciendo a costa de una masa crítica que hace diez o quince años habría sido gremialista. Seguramente la UDI cobijó a jóvenes libertarios y socialcristianos bajo el mismo techo. Pero hoy no tiene sentido tocar el desprestigiado timbre de calle Suecia si se puede adquirir la versión ideológica químicamente pura por fuera. •••
 
Cristóbal Bellolio
Escuela de Gobierno
Publicado el Jueves, 17 Septiembre 2015