Edwards y la última hermana

Juan Luis Ossa

La nueva novela de Jorge Edwards es —como otras de su autoría— un encuentro perfecto entre la historia y la ficción; entre la "realidad" y la conjetura. Por supuesto, historia y conjetura no son polos excluyentes: todo historiador debe practicar algún grado de imaginación cuando se enfrenta al pasado, pues al final de cuentas, las reconstrucciones históricas son superficiales y contienen vacíos que sólo pueden ser enfrentados a través de supuestos. Otro tanto puede decirse de la novela: ella podrá recoger aspectos de lo que factualmente ocurrió en el pasado, pero los mismos silencios —o incluso la "realidad"— serán cubiertos y matizados a partir de la imaginación y la ficción.

El libro La última hermana es una oda a la conjetura, y por eso es tan interesante para un historiador. Ambientada en la Francia de la ocupación nazi, esta novela cuenta la historia de María, la hermana menor de una conspicua familia chilena que desde hace años vive en París alejada de su mundo anterior y sumergida en las frivolidades de una aristocracia adinerada pero decadente. El ingreso de las tropas de Hitler a la capital francesa destruye la antigua vida de María, quien pasa de los cócteles y las copas de champagne a jugar un papel clave en el rescate de niños judíos nacidos en un hospital parisino. María no se convierte en madre de dichos niños, sino más bien, al rescatarlos, los redime de las garras de sus perseguidores.

María no es nada más que un personaje novelesco. Ella existió y sufrió lo que Edwards nos cuenta en su narrativa. La reconstrucción puede ser más o menos "verdadera" (no cabe duda que el autor hizo una investigación acabada para presentar a los personajes que, ya sea en París o en Chile, aparecen en la novela), pero es suficientemente verosímil para que historiadores interesados en el siglo XX puedan hacer uso de ella. Incluso más si algunos de los pasajes del libro fueron inventados o exagerados, no es tan importante como reconocer que ellos entregan una atmósfera que sólo los grandes escritores —de ficción o no consiguen. La escena en que se tortura a la protagonista lo resume bien: puede haber sido más o menos brutal de lo que nos cuenta Edwards, pero nos da una idea cabal y angustiante de cómo funcionaba la maquinaria nazi.

Por último, esta novela es también profundamente personal. El París —y el Santiago— de María no son del todo distintos de los de Edwards.

Las calles, el arte y la literatura se dan cita, en ambos casos y en ambas ciudades, en un recorrido dramático y melancólico. Como si el autor necesitara de su personaje para conocerse más a sí mismo.

Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Publicado el Miércoles, 17 Agosto 2016 en La Segunda