Columnas de Opinión
¿Dicta qué?
El Mercurio
Esta semana se zanjó la polémica. El Consejo Nacional de Educación aprobó por unanimidad la propuesta del ministro Beyer de aceptar indistintamente el uso de las palabras “régimen militar” o “dictadura” para referirse al período comprendido entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1990.
El tema —que se ha transformado casi en una discusión filosófica entre nominalismo y realismo— tiene una pregunta de fondo: ¿importa clarificar la esencia de lo que fue el período para definirlo o simplemente nos tenemos que poner de acuerdo en un nombre para referirnos a él?
Intentemos ver la esencia. Y pese a que no hay nada más aburrido y obvio en una columna de opinión que citar a la Real Academia Española, es conveniente hacerlo por una sola vez. ¿Sabe usted como se define “dictadura”? Como “el gobierno que, bajo condiciones excepcionales, prescinde de una parte, mayor o menor, del ordenamiento jurídico para ejercer la autoridad en un país”. ¿Le suena conocido?
Pues bien, ¿cómo se explica, entonces, tanto revuelo?
Hay dos razones de forma y una de fondo.
La primera es obvia. Es la etiqueta. Si usted dice alubia quiere decir que es español; si dice frijol es mexicano, y si dice poroto es chileno. Aunque se esté hablando de lo mismo, todos sabrán inmediatamente su origen.
Pues bien, la forma como se refiera al período 73-90 se transforma necesariamente en su propia etiqueta. Si usted habla de “gobierno militar”, de seguro es que fue partidario de él y votó que SI en el plebiscito. Si habla de “dictadura” votó que NO. Y si habla de “régimen militar” queda en el terreno de la duda: ¿Un SI converso? ¿Un NO moderado? En fin. La verdad no tiene importancia.
De cierta forma, “régimen militar” termina adoptando una especie de dialéctica hegeliana que sintetiza el concepto de “gobierno militar” y “dictadura”, aunque en sí mismo se trata de una palabra bastante artificiosa.
El segundo aspecto de forma dice relación con el gusto que tenemos en Chile por los eufemismos. En un país donde se habla de “faltar a la verdad” en vez de “mentir”, de “irregularidad” en vez de “corrupción”, donde se habló por años de “nulidades” para no tener que pronunciar la palabra “divorcio”, o donde incluso a los hoyos se les llama “eventos”; no hay cosa más cómoda que no decir lo que se quiere decir.
Cuando el poder se toma por la fuerza, más allá de cuántos lo hayan solicitado; cuando se elimina la disidencia, más allá de lo irresponsable que ésta haya sido; cuando se restringe la libertad de prensa, más allá de los excesos que haya cometido; cuando se usa la violencia ilegítima del Estado, más allá de los planes que tengan ciertos grupos violentistas; cuando se suprimen las elecciones, más allá de los vicios que éstas hayan tenido; no hay duda... se trata de una dictadura.
Sin embargo, es el problema de fondo el que no está resuelto. ¿Por qué se llegó a ella? La corrupción, el mal gobierno de una minoría, la legitimación de la vía armada en el congreso socialista en Chillán, el apoyo de la CIA, el fracaso de la clase política, el clamor de una mayoría, la herencia de Frei, etc., etc., etc. Son las cosas que hemos oído una y mil veces quienes ni siquiera habíamos nacido en esa época. Ese es el tema no resuelto y tampoco lo va a hacer la palabra que se use.
Por lo demás, en la propia Roma Tito Larcio ideó la “dictadura” para transferir a una persona todo el poder en los momentos difíciles, especialmente en los casos de guerra. Dictadura no es tiranía. Dictadura no es régimen totalitario. Dictadura no es democracia. Dictadura es dictadura.
Se puede argumentar que la dictadura chilena —además de los vicios nefastos propios de todas las dictaduras— tuvo virtudes importantes, escasas en este tipo de gobierno, al cambiar la mentalidad económica y en acercar a Chile al desarrollo. Sin duda ello es cierto. Pero hay que tenerlo claro: cuando se tiene cara de león, ojos de león y boca de león, no hay duda... se trata de un león.




