Conversación interrumpida

Leonidas Montes

Vladimir Nabokov, en su magistral Speak, Memory, confiesa que no cree en el tiempo pero invita al lector a recorrer sus recuerdos de una vida fascinante. Guardando las proporciones,  Conversación interrumpida de Sebastián Edwards es también una memoria autobiográfica que no cree en el tiempo y narra fascinantes historias y anécdotas personales que, ensambladas sin orden cronológico, son guiadas por una pluma ágil y cautivante.

En un país poco dado a exponer recuerdos personales ante la opinión pública, estos pedazos de memoria también tienen el valor de una crónica. Al comienzo nos advierte que "todo lo que aquí se narra sucedió tal como lo cuento. O, mejor dicho, lo cuento tal como lo recuerdo". Habla de esa loca época con una joven Bachelet acompañada de un apuesto Ennio Vivaldi paseando en un Land Rover durante las marchas, del sueño de Allende y del socialismo, de la "dictadura del proletariado" y del carácter científico de la historia que finalmente lo llevan "a la soledad, un viaje al centro de mí mismo, un exilio interior". Y de este exilio interior pasando por las "tropas misioneras" de Miguel Kast, a su doctorado en la Universidad de Chicago. Es también la transición del socialismo al verdadero liberalismo.

Todos estos recuerdos y anécdotas reflejan un importante período de nuestra historia bajo la mirada lúdica y sentida del autor. Conversación interrumpida está escrita con humor, placer v alegría. Y a ratos con tristeza y melancolía.

Edwards explica y justifica la motivación literaria para escribir sus memorias apelando a Mi lucha de Karl Ove Knausgard y a un título sugerente. Bajo el alero y la imagen del padre que los abandona, nos cuenta lo que vivió. Pero también lo que sintió. Narra una sesión con el psiquiatra, donde le pregunta pollo que siente y el paciente se queda en silencio. Ese silencio es una corriente subterránea que acompaña sus recuerdos. De ahí la presencia del consejo filial -"Háblale siempre. Asegúrate de que nada, absolutamente nada, evapore tu voz"- y de la nostalgia.

Son las memorias de un chileno autoexiliado de apellido Edwards que vive "al borde de la añoranza y la melancolía". Por eso cita a García Márquez -"La nostalgia me ha derrotado... Ya no le pongo la menor resistencia"-, recuerda el Santiago de entonces y el gin Bombav con vermut Noilly Prat. Por eso, en su emotivo epílogo concluye que "son las palabras de la niñez las que nos dan la memoria... También entendí que uno llora en su lengua materna".

Por donde se lo mire, Sebastián Edwards comparte el cetro como uno de nuestros mejores economistas, sino el mejor. Pero no es sólo un economista que se mueve entre los modelos y la macroeconomía.

También se interesa por el desarrollo, las políticas públicas, la historia económica y su añorado Chile.

Friedrich Hayek solía decir que un economista que es sólo economista no es un buen economista. Edwards representa este precepto. Es también un agudo observador, un provocativo columnista y un escritor que sacude su memoria.

En fin, como diría un economista de Chicago, el lector y la historia juzgarán su valor literario. O sea, la competencia en su sentido más amplio. Pero sin lugar a dudas, el lector se entretendrá con sus recuerdos y se sorprenderá con esa loca época.

Leonidas Montes
Escuela de Gobierno
Publicado el Jueves, 04 Agosto 2016 en Capital