Coaliciones políticas

Juan Luis Ossa

Así como estoy convencido que los partidos le hacen un inigualable bien a la democracia representativa —entre otras cosas, poniendo cortapisas a los caudillos que de vez en cuando inundan la política nacional e internacional—, tengo mis dudas de que las coaliciones políticas tengan el mismo sentido y valor. No desconozco que los gobiernos requieren de acuerdos transversales y que en ese proceso las alianzas estratégicas pueden ser de ayuda. Pero también pueden transformarse en camisas de fuerza.

La historia de Chile está plagada de estas coaliciones, y la mayoría de ellas ha sido más el producto de acuerdos acomodaticios que el resultado de confluencias ideológicas profundas. Desde que liberales y conservadores se reunieron en la llamada Fusión Liberal-Conservadora, pasando por la Alianza Liberal, el Frente Popular, la Unidad Popular, la Concertación la Alianza por Chile, la Nueva Mayoría y Chile Vamos (por tan sólo nombrar unas pocas), las coaliciones han sido parte fundamental de nuestra democracia. El problema es que todas han sido, sin excepción, pensadas coyunturalmente y con el claro objetivo de tomar —o recobrar— el poder lo antes posible y a como dé lugar.

Nada malo hay en que los políticos hagan del poder su hoja de ruta. Sin embargo, de ahí a ceder cuestiones de fondo por un ministerio o puesto de trabajo en el Estado hay una gran distancia. El caso de la Nueva Mayoría (de ninguna manera el único; simplemente el último) muestra hasta qué punto una coalición coyuntural puede hacerle daño no sólo al sistema político, sino a la credibilidad de los políticos.

¿De verdad deberíamos creerle a la DC cuando dice que ella no firmó el programa de Bachelet? ¿De verdad nos piensan tan ingenuos? La DC firmó y apoyó el programa porque su obsesión por el poder así lo requeriría, marginando a la pasada cuestiones fundamentales de su ideario histórico como la libertad de enseñanza. Si hoy sus cúpulas se lavan las manos no es porque no hubieran participado de la preparación del programa sino porque saben que más vale abandonar el barco que esperar a que se hunda con ellos dentro.

¿Qué hacer? Como es probable que las coaliciones no se terminen y que nos acompañen por un buen tiempo, me parece que sus miembros deberían aceptar que sus diferencias pueden ser tan o más ricas que sus pocas concordancias y que por lo mismo, las alianzas nunca deberían verse como verdades grabadas en piedra. En algunos casos más vale defender un proyecto político por convencimiento ideológico o programático —aunque sea impopular— que rendirse ante la moda y la vorágine del poder por el poder. Algunas veces es mejor retroceder dos pasos que avanzar a tropezones y codazos.

Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Publicado el Miércoles, 31 Agosto 2016 en La Segunda