Cacerolazo VIP

Cristóbal Bellolio

Escuela de Gobierno
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Un cacerolazo se organizó en varias comunas capitalinas -especialmente del sector Oriente- para repudiar la delincuencia y exigirle al gobierno que endurezca la mano frente al supuesto incremento de robos y asaltos violentos que está sufriendo la población. Las redes sociales se dividieron frente a esta inusual manifestación. Mientras unos solidarizaron, otros criticaron con virulencia. Según esta última perspectiva, los grupos más acomodados y pudientes del país no tendrían cara para protestar cuando en la práctica viven en una burbuja sobrealimentada. Algunos fueron aún más duros y la bautizaron como #CacerolazoFacho. ¿Es justa esta crítica?

En general, no lo es. En primer lugar porque carece de un mínimo de empatía. Un crimen contra la propiedad, en el barrio alto o en cualquier otro, es también una violación de la intimidad que genera una sensación de vulnerabilidad y desprotección traumática. Si a ello se le suma una amenaza a la integridad física o directamente una agresión, el miedo naturalmente crece. Nadie puede desconocer que estos estados perjudican severamente la calidad de vida; reclamar contra su proliferación es perfectamente comprensible.

En segundo lugar, porque la mayor fortuna que han tenido algunos en la distribución de los recursos económicos no es inhabilitante para exigir el resguardo de ciertos derechos básicos. No hay incompatibilidad entre distintas causas y demandas sociales legítimas. No tiene sentido descalificar una de ellas porque sus voceros sean ABC1. Mucho menos consistente es referirse a todos ellos como “fachos” mientras se exige al mismo tiempo un Chile más integrado y fraterno.

Dicho todo lo anterior, los críticos del cacerolazo vip tienen un punto: la delincuencia no va a desaparecer con eslóganes tipo “se les acabó la fiesta” o “pongámosle candado a la puerta giratoria”. Sus causas son complejas y multidimensionales. Varias de ellas escapan a la gestión política del gobierno de turno. Entre otras cosas, la criminalidad de la que se quejan en Vitacura, Las Condes o Lo Barnechea tiene que ver con la marginalidad, la segregación y la desesperanza de compatriotas que han sacado la peor parte en la distribución de recompensas sociales. Justamente en esas comunas habita la clase dirigente que tiene en sus manos el poder de aliviar esa injusticia a través del diseño de instituciones más inclusivas. Por sí solo, el cacerolazo no sirve.

Para La Moneda, finalmente, que se instale el tema de la delincuencia en la agenda no es grato. Las administraciones de izquierda siempre han tenido problemas para lidiar con este eje semántico. La coloquial respuesta que dio la Presidenta Bachelet en el estadio (“el viernes le robaron el celular a mi hija, ¡imagínese!”) marca el tono de la desorientación del oficialismo al respecto.
 

Cristóbal Bellolio
Escuela de Gobierno
Publicado el Domingo, 05 Julio 2015