Bicentenario rioplatense

Juan Luis Ossa

Me tocó participar de una serie de seminarios académicos conmemorativos del Bicentenario de la independencia rioplatense, tanto en Tucumán —donde se firmó la declaración el 9 de julio de 1816— como en Buenos Aires.

Compartir con destacados colegas y amigos trasandinos fue tan estimulante como comprobar en primera persona las muchas cosas positivas que pueden acarrear este tipo de celebridades.

Los historiadores suelen tener —con razón— algunas aprehensiones con las efemérides, en especial cuando se trata de fechas fundacionales. La idea de que las naciones latinoamericanas estaban llamadas a existir tal como las concebimos hoy ha impregnado fuertemente en espacios académicos y de divulgación, con la consecuente sacralización de los mitos patrióticos que poco ayudan a la comprensión cabal de la historia. Sin embargo, también es cierto que los bicentenarios por los que hemos venido atravesando desde hace ya ocho años (1808) han ayudado a replantear viejas preguntas y avanzar en nuevas respuestas.

En el caso argentino —que debería verse como un ejemplo para el chileno— me sorprendieron gratamente dos cuestiones: en primer lugar, el alto nivel de los guiones de los principales museos abocados a estudiar la revolución de independencia. Ya sea en el Cabildo de Buenos Aires (que dirige Gabriel Di Meglio, un historiador que ha mezclado de manera sobresaliente la academia con un trabajo de divulgación serio y riguroso) o en la Casa de Tucumán (cuyo guión estuvo a cargo de la destacada historiadora Noemí Goldman) el relato que se presenta es comprensivo, crítico y desmitificador. Es decir, se asume que el visitante es inteligente y que no necesita un bálsamo patriotero para comprender cómo se construyó el ideario independentista. De ahí que en la entrada misma de la muestra tucumana se plantee lo siguiente: en 1810 no "existía aún la identidad nacional. En cambio, prevalecían sentimientos de identidad local y americana".

Lo segundo tiene que ver con el alto nivel de las discusiones en que participé. Ahora que está tan de moda criticar el supuesto academicismo de los historiadores profesionales no estaría de más recordar que han sido precisamente dichos académicos los que —desde hace unos veinticinco años— han renovado la historiografía sobre las revoluciones hispanoamericanas. En Chile tenemos una buena oportunidad de seguir con esta línea ahora que se acercan las fechas conmemorativas del cruce de Los Andes y de la declaración de independencia del 12 de febrero de 1818. No para caer en celebraciones nacionalistas y autocomplacientes, sino más bien para mostrar a nuestros niños las muchas alternativas políticas que entraron en juego luego de la invasión napoleónica de 1808. Con ello estaríamos cumpliendo con un elemento básico: que los moldes preestablecidos e inexorables no sirven cuando se escribe historia.

Juan Luis Ossa
Escuela de Gobierno
Publicado el Miércoles, 20 Julio 2016 en La Segunda