Bachelet, los pillos y el ejercicio del poder

Juan Carlos Eichholz

Escuela de Negocios

The Clinic

En estas pocas líneas trataré de responder una pregunta simple y directa: ¿por qué la Presidenta Bachelet ha estado rodeada de pillos? Para hacerlo, sin embargo, debo primero sustentar la aseveración que está implícita en la pregunta, partiendo por explicar lo que deberíamos entender por pillos.

¿Alguna vez le ha tocado relacionarse con ese tipo de personas que siempre parecieran estar buscando disfrazar las cosas de un modo en que ellas resultan las mayores beneficiadas? ¿Que no miran el interés común, sino el suyo propio? ¿Que privilegian la ganancia de corto plazo? ¿Ese tipo de personas que generan desconfianza y de las cuales uno siente que tiene que cuidarse las espaldas? ¿Para quienes las leyes y las reglas de convivencia no son más que simples referencias? ¿Esas personas, en fin, que siempre parecen estar queriendo sacar una ventaja para sí a costa de otro? Esos son los pillos de este mundo.

Aclarado el término, veamos quiénes cercanos a la Presidenta son pillos, o al menos parecen serlo. Cristián Riquelme, el hombre-noticia de febrero, es un claro ejemplo. Basta con ver los hechos en que ha aparecido involucrado: compra de terrenos en Peñalolén para sí y correligionarios en plena precampaña de Bachelet, formateo del computador de Dávalos, pagos recibidos de Martelli, reuniones con personas formalizadas en el caso Caval, asignaciones aprobadas sin licitación, millonarios negocios de sociedades suyas con el Estado. Y la guinda de la torta: omisión de información relevante en su declaración de patrimonio. Puede que una sola de estas situaciones, considerada aisladamente, no lo convierta en pillo, pero el conjunto sin duda que sí.

Y entonces habría que meter en la misma categoría a Rodrigo Peñailillo, quien estuvo vinculado a casi todos los mismos hechos, y varios más. Y a Natalia Compagnon, para quien el dinero y el estatus parecen valerlo y justificarlo todo. Y al propio Sebastián Dávalos, aunque lo sea por omisión. Y también a Alberto Arenas, capaz de alterar cifras y operar sin escrúpulos para conseguir sus fines personales. La lista podría extenderse con varios nombres más, ligados a redes donde aparecen los mismos personajes anteriores, lo que no es raro, porque los pillos necesitan de otros pillos para aumentar su poder. Ojo, eso sí, con pensar que aquí hablamos de delincuentes. Los pillos podrán infringir la ley de tarde en tarde, es cierto, pero lo suyo no es delinquir, sino aprovecharse, recurriendo a todos los medios necesarios para alcanzar sus fines. Y sí, para estos pillos de chaqueta y corbata “El Príncipe” es su libro de referencia, su biblia personal.

Vuelvo entonces a la pregunta inicial: ¿por qué estos personajes lograron ganarse la confianza de la Presidenta Bachelet, al punto de constituir su círculo de hierro, incluso con acceso al manejo de los fondos reservados de palacio? Una posible respuesta es, lisa y llanamente, porque ella también es una pilla. No al nivel de su ex colega Cristina K, desde luego, pero sí al nivel de lo que significa ser pillo a este lado de la cordillera. Aun así, sin embargo, no me compro esta interpretación.

El tema de fondo, me parece, está en cómo Michelle Bachelet ejerce el poder, en particular referido a dos rasgos. El primero es la desconfianza, que al momento de elegir a sus colaboradores cercanos la lleva a privilegiar la lealtad incondicional hacia ella por sobre las calificaciones para el cargo. Y el segundo es el desdén por la gestión, que la lleva a quedarse en la mirada general –muy necesaria, por cierto–, sin entrar en el área chica. Pero ocurre que es precisamente en esa área chica donde los pillos hacen de las suyas, y donde, dicho sea de paso, se prueban los reales méritos de las promesas de campaña.

 

Juan Carlos Eichholz
Escuela de Negocios
Publicado el Miércoles, 02 Marzo 2016