Avatares de las madres profesionalmente activas

Paula Cornejo

 

Ser mujer por estos días resulta ser una tarea ardua y compleja. Las exigencias laborales, de la vida familiar, del ser pareja y del desarrollo individual, pueden parecer incompatibles.

En este contexto, es bastante usual que muchas mujeres nos sintamos agobiadas y confundidas frente a las innumerables responsabilidades que debemos sobrellevar, particularmente, en lo referente a nuestros hijos. En nuestro repertorio mental pululan pensamientos que nos exigen ser madres involucradas, participativas, que dan respuestas eficaces y responsables del desarrollo de un ser integral y feliz – que es lo que deseamos para nuestros hijos. El problema es que la realidad del trabajo puede ir en contra de nuestros deseos más genuinos y profundos, donde muchas veces tenemos la impresión de que ese deseo sólo queda en la intención y no se materializa como quisiéramos.

A lo anterior se suma que ante cualquier dificultad que presenten nuestros hijos, nos cuestionamos qué tan buenas madres somos, si lo estamos haciendo bien o mal, cuándo y cómo.

Desde la Psicología, a partir del siglo pasado se han desarrollado conceptos como el de Apego, que plantea que el comportamiento de los niños, desde pequeños, se entiende desde el contexto del tipo de relación que establecen con sus cuidadores. Sin embargo, generalmente, existe una idea errónea sobre lo que en términos concretos trata el Apego. No se trata de apegarse, de no separarse nunca de nuestro hijo o de dormir con ellos. Es la relación afectiva entre el niño y sus cuidadores, y decimos cuidadores porque involucra no sólo a la madre, sino también al padre, a los abuelos, la persona que está presente en el día a día con nuestro hijo: todo aquel que tiene un vínculo significativo y estable con el niño.

En términos ideales, se trata de la capacidad de contener, proteger y calmar al niño dándole apoyo y seguridad. Un buen desarrollo del apego permite que el niño sea más seguro de sí mismo, más independiente, capaz de confiar en los demás y de pedir ayuda cuando lo necesite, de regular y expresar sus emociones y de manejar el estrés. Pero ¿qué pasa si nuestro hijo tiene pataletas, es poco tolerante a la frustración o es tímido, entre otros?, ¿significa que lo hemos hecho mal, que somos negligentes en nuestra vinculación?

Ante situaciones como estas, la preocupación y la culpa sobrevienen.

En nuestra opinión, en esta sociedad postmoderna, ser madre se debiera plantear como una elección de vida. Tal vez aún persiste, de manera implícita en nuestra cultura, que sólo por el hecho de ser mujer debemos ser madres. De no ser así, se viviría una falta y un fallo fundamental. Sin embargo, concebir la maternidad como condición sine qua non del ser mujer nos puede llevar a ser menos conscientes de lo que realmente implica.

Tener la libertad de decidir sobre el ser o no madre, nos puede conducir a asumirla con mayor responsabilidad, considerando que se trata realmente de un compromiso de por vida, donde no existe receta alguna para su ejercicio, donde habrá cosas que haremos bien y otras no tanto, pero como decía un gran psicoanalista infantil,  siempre hay posibilidad de reparar… Reparar con propiedad y afecto, eso es lo fundamental.

Escuela de Psicología

Revista PM

Paula Cornejo
Escuela de Psicología
Publicado el Miércoles, 27 Abril 2016