Pueblo en redes, infierno grande

Karen Trajtemberg

“La mala imagen fue lo que lo hizo suicidarse”. Con esas dolorosas palabras, la madre del alumno de la Alianza Francesa que se suicidó hace unos días, por razones que ni ella ni sus compañeros podrán nunca comprender, ni probablemente aceptar, hizo foco en un tema del que los chilenos nos hemos olvidado. En parte, gracias a las redes sociales. En parte gracias a nosotros mismos.

Hace ya un buen tiempo, nos  hemos convertido en pontífices de la moralidad, la verdad absoluta, la asepsia total. Todos venimos sin pecado concebido. Pero los demás, el vecino que tengo cerca, el político que rige el país, el alumno que se sienta al lado de mi hijo, incluso el profesor del colegio, son la muestra viviente de todos los males de esta sociedad. Todos los demás cometen irregularidades, son flojos, no respetan el medio ambiente, roban, fuman marihuana y cualquier otra inmoralidad. Salvo yo y los míos.

Esto se amplifica de manera desatada a través de las redes sociales y algunos medios de comunicación, donde sin límites, todos opinan, denostan, injurian y calumnian sin filtro a uno y otro protagonista, dependiendo de la semana. Sea o no culpable.

Así sucedió tristemente en estos días, con el caso de Nicolás, el alumno que decidió suicidarse. Las versiones son muchas y solo la justicia podrá determinar cuál es la verdad. No los tuiteros, ni los medios. El problema es que este niño decidió acabar con su vida, dando pie a la estigmatización y el comidillo nacional, tanto respecto de su situación como de la del colegio, de sus compañeros y amigos, que fueron víctimas del morbo colectivo.

Alguno podrá argumentar “esto ha sucedido siempre”. Sí, es verdad. La diferencia es que antiguamente se producía en los barrios, en las pequeñas comunidades. De ahí viene el dicho popular “pueblo chico, infierno grande”. Ese lugar donde todos se conocían y, por tanto, todos podían opinar de todos. Ahora, ese pueblo creció y nadie conoce a nadie. Pero todos juzgan a todos.

Además, ahora el tribunal social supera por mucho los límites del barrio, a través de las redes sociales y la gran cantidad de opinólogos anónimos que interactúan allí. Es como si el programa Intrusos  –y su capacidad infinita de meterse en la vida de los famosos- se hubiera tomado el país completo, perdiéndose con ello la preocupación por el otro, por su imagen, o por las repercusiones que puede tener la arremetida. “Si no me influye, no me importa”, parece ser la máxima.

Lo mismo se aplica a los conflictos políticos, en el caso de esta semana, los plagios descubiertos en las asesorías externas en la Cámara de Diputados y en el equipo del senador Alejandro Guillier. De miles de trabajos y de decenas de asesores, se ha puesto el ojo en algunos, en una realidad tragicómica donde hasta el Icarito salió al baile. ¿Son todos los asesores y todos los parlamentarios? Probablemente no, pero esa diferencia no se hace patente en el ciber-tribunal popular.

El Congreso es hoy la institución peor evaluada en las encuestas. En la última Adimark, un 79% de los consultados desaprueba la labor del Senado y un 80%, de la Cámara de Diputados. El caso en sí es cuestionable y motivo para otra columna. Pero llama la atención la facilidad con que todos, usando un término coloquial, prendemos con agua. Y utilizamos las redes como un gran diario mural en el que damos rienda suelta a nuestro enojo, con duros epítetos y sin esperar mayores investigaciones, horadando aun más una imagen que está en los suelos, la del Poder Legislativo.

Alguien puede argumentar que es la misma clase política la que se la ha buscado. Y es cierto. Pero adhiero aquí a las palabras de Genaro Arriagada hace unos días, cuando recordó que él vivió cómo entre 1967 y 1973 la democracia se consideraba tan estable como la cordillera y todos apuntaban indiscriminadamente en contra de las instituciones. Tristemente, justo cuando se conmemora un nuevo aniversario del golpe militar, hoy  hacemos lo mismo, sin recordar cómo terminó la historia.

¿No le gusta su parlamentario? ¿No le parece que haya contratado asesorías copy-paste? Entonces, infórmese y haga algo. Vote para sacar a quienes no están haciendo el trabajo o lisa y llanamente postule para cambiar las cosas. ¿No le gusta cómo actuó el colegio de su hijo o cómo funciona ante una crisis? Haga algo y mejórelo. Pero deje de ser opinólogo, de denostar a todo el mundo, muchas veces desde la ignorancia, sin datos concretos, sin cara ni identidad, pero con una rabia contenida que explota fácilmente, aprovechándose de este pueblo e infierno grande que existe desde el anonimato de las redes sociales.

Karen Trajtemberg
Escuela de Periodismo
Publicado el Domingo, 10 Septiembre 2017 en El Mercurio de Valparaíso